Vidas Compasivas

La vida es una sola para todos, un gran mar en el que avanzamos en pos de nuestros propios sueños.

4 de septiembre, 2024 Vidas Compasivas

Parte fundamental de la obra de David Foster Wallace, escritor norteamericano fallecido en el 2008, gira en torno a vivir una vida con compasión, un tópico que se percibe tan necesario en nuestros días.  Los cambios que ha tenido la humanidad en el presente milenio, como los grandes cambios que se han dado en otras épocas, generan sus propios demonios internos. En este caso las grandes amenazas son las adicciones de todo tipo, el aislamiento y el enfoque desde nuestra forma de actuar que lo inducen.

Cuando los grupos humanos de los primeros tiempos cazaban, habían de desarrollar un sentido de comunidad.  Actuar de este modo proveía a cada miembro de mayores posibilidades de supervivencia ante las amenazas del exterior.   La forma de organización se mantiene una vez que los grupos comienzan a asentarse, y pasan de ser recolectores-cazadores a productores de sus propios recursos.  El sentido de comunidad persiste; una de las grandes herramientas que comienzan a desarrollarse es el lenguaje.  El ser humano siente la necesidad de comunicar a otros lo propio, de manera que surge el lenguaje hablado y las primeras formas de transmisión intergeneracional: las pinturas rupestres.

Pasará mucho tiempo para que esos modos de expresión deriven en algo más: los papiros de Oriente, y más delante los copistas del Renacimiento quienes reproducen con puño y letra los grandes tratados, en especial de corte religioso, tanto en la Europa cristiana como en el Medio Oriente musulmán.  Hasta llegar al siglo XV, cuando el surgimiento de la imprenta en Alemania dispara las posibilidades de la comunicación escrita.   Tal vez cuando tomamos un ejemplar del periódico local o cualquier libro impreso, no alcancemos a aquilatar todo el trabajo que tuvo que existir previo a ello, para colocar cómodamente esos folios impresos en nuestras manos.

Es sorprendente ver los saltos maravillosos que va dando la palabra escrita hasta el momento de convertirse en una sucesión de caracteres que toma forma en nuestra pantalla, y se adecúa de maneras personalísimas para brindarnos un mensaje de acuerdo con nuestros gustos, necesidades y estilos.  Podemos estar ciertos de que los contenidos de un equipo, llámese teléfono móvil, tableta o computadora de una persona, no se parecen mayormente a los de otra, así la impronta que cada uno le da a sus propios dispositivos.

Lo antes dicho, por un lado, es fantástico, ya que nos facilita acceder a nuestros contenidos de manera expedita, pero por el otro genera cierto aislamiento.  Se rompe ese atávico sentido de comunidad, al menos presencial, puesto que sentimos que a través de nuestra pantalla nos conectamos con ese mundo tan individual que hemos construido.  Lo que se halla fuera de ese universo cibernético, o sea, aquello que nos rodea, integrado por humanos imperfectos de carne y hueso, que no empatan nuestros últimos deseos, comenzamos a despreciarlo.  En ese punto de inflexión es el aislamiento el que nos hace sus presas, aun cuando no alcanzamos a percibirlo de manera clara.

Regresando a Foster Wallace: Él detecta esos vacíos existenciales y nos llama a desactivarlos.  Invita a dejar de lado la postura egocéntrica, de pensar que yo soy el centro del universo y que todo lo que hay en derredor gira en función a mí.  Llama a entender algo por demás cierto: somos como peces en el agua, y mi realidad es una realidad común para todos.  No hay exclusividades VIP que me coloquen como un ser humano especial en el contexto global de la humanidad.

Resulta paradójico: ¡Algo tan simple de plantear, pero tan difícil de asimilar!  Estos universos imaginarios que venimos creando a partir de nuestras preferencias en el ciberespacio, nos limitan en mucho la comunicación auténtica con otros seres humanos, asunto que llega a ser, hasta perverso.  Urge a nuestro mundo la presencia de seres humanos sabios y compasivos, capaces de comprender que la realidad de cada uno tiene un origen único que la explica, y que no necesariamente tiene que alinearse con lo que nosotros pensemos o sintamos en lo individual. 

La vida es una sola para todos, un gran mar en el que avanzamos en pos de nuestros propios sueños.  Que el sentido de comunidad nos aliente y acompañe en nuestras búsquedas, incluyendo la empatía humana como parte fundamental de nuestra caja de herramientas.

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Maria del Carmen Maqueo Garza
Coahuilense, pediatra retirada, apasionada de la palabra escrita. Colabora en diversas publicaciones periódicas digitales e impresas. Autora de varios libros. Bloguera. Incansable aprendiz de la vida.
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