Un golpe que cimbró su existencia misma, seco, inesperado y brusco, lo tiró en el caliente pavimento de aquel día alrededor de las tres y media de la tarde. Escuchó risas mientras no podía incorporarse, hasta que una de las cajeras de la farmacia donde trabajaba como botarga le tendió la mano. No tuvo mayores lesiones que no fueran un par de magulladuras y la pasajera confusión por el impacto. Un grupo de chavos de la prepa cercana fueron quienes le produjeron semejante golpe. Él lo intuyó porque los veía a diario a esa misma hora pasar por docenas, con sus despreocupadas risas y su desgarbado aspecto uniformado, que desbordaba siempre optimismo jovial ante la vida y sus, cada vez más, cotidianas atrocidades.
Pero en su mente sólo él concebía una realidad, la suya, la que acaso es la auténticamente válida para todos. Segundos antes había pateado una lata de refresco vacía que pasó entre dos postes frente al establecimiento farmacéutico, pegadita al derecho para ser exactos, apenas elevadita del piso, y lo más importante, imaginó que el tiro era inalcanzable para cualquier portero. Ese gol hacía que su equipo ganara la final del campeonato de la Liga mexicana; los compañeros, mucho antes que estudiantes inconscientes y crueles, no fueron sino sus compañeros celebrando el gol y el inminente título, al restar sólo simbólicos segundos en el tiempo añadido de la segunda mitad del segundo tiempo extra. Su corazón y ánimo, lejos de estar deprimidos por la felonía preparatoriana, no eran sino exultantes, eufóricos, lo que no extrañó tanto a sus compañeros, Armando siempre estaba de buen talante.
A las dos horas, yendo ya de camino de regreso a su casa, Armando divisó en un basurero improvisado de una esquina lo que era un ventilador viejo. Lo tomó con ambas manos y lo llevó alzado en sus brazos a manera del codiciado trofeo, hasta que, tres cuadras más tarde, llegó a su casa. Ahí el saludo a su madre y hermanos fue el cotidiano: amable y cariñoso. Ante la pregunta acostumbrada de “¿cómo te fue?”, respondió que “muy bien”, que incluso quizás había sido uno de los mejores días, sino es que el mejor, de los casi cuatro años que llevaba laborando en la farmacia.
A los dos días, llegó una llamada de su tío, invitándolo a ocupar una vacante en las oficinas administrativas del Club de primera división de su Ciudad, un empleo de oficina, con aire acondicionado y con un sueldo que cuadruplicaba al de botarga más prestaciones que superaban lo generoso. De inmediato lo aceptó, y a los cinco días su vida había cambiado radicalmente para bien. Nada mal su última semana: campeón del fútbol mexicano, con un gol suyo y además un fichaje con un sueldo soñado; muy probablemente, un puñado de días perfectos en su tan feliz, joven y plena vida.
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