¿Alguna vez has terminado de ver una película y lo único que quisieras es empezarla de nuevo? Eso me pasó hoy con “Un Perfecto desconocido”. Desde que vi los cortos sabía que esto me podría volar la cabeza y fue mucho más que eso.
Del guion qué se puede decir cuando el hilo conductor son las letras de Bob Dylan y no solo eso, los diálogos alrededor de la historia son de una belleza y precisión increíble, para las criaturas que somos víctimas de este amor irrefrenable por el lenguaje y en especial por la palabra la experiencia que te da esta película es un agasajo.
Bob Dylan, un ser excepcional que ha logrado decir la vida en décimas, merece desde mi punto de vista el premio Nobel de literatura y todos los reconocimientos que sobre la pulcritud de la escritura que existan, más aún rompiendo esquemas en el mundo de la música como él lo hizo, convirtiendo las canciones en un mensaje, una protesta, una prueba de vida, en una época en que lo importante era el ritmo sin tomar en cuenta el contenido.
Bob Dylan grita en poesía lo que la juventud de los escandalosos y confusos años sesentas vivía, resume y nos dice por qué una nación es realmente grande cuando en vez de excluir suma y prioriza la existencia de cada individuo; un juglar moderno que comunica su sentir de forma magistral.
De Bob Dylan se ha dicho ya todo y jamás será suficiente. Sin saberlo todos hemos sido tocados por su disruptiva forma de entender la vida, hoy lo supe cuando mi compañero en esta afortunada e inolvidable ida al cine vibró y se emocionó sin esperarlo con un recuerdo que llegó a su mente desde lo más profundo de su memoria: las canciones que cantaba su padre cuando él era niño. Y es que para entender a una generación Bob Dylan es el eje concéntrico, una sociedad que se abría a cambios radicales, a noticias diarias que cambiaron el rumbo de la historia, a conciertos al aire libre, a el poder protestar y exigir justicia, al ser tal vez por primera vez parte del cambio. Bob desconectado del mundo, contestatario, taciturno, eternamente incómodo en un mundo que pareciera hecho sin ningún tipo de conciencia e inabordable para la gente que como él padece el castigo de sentir de más.
Obviamente, y lo dejo al último, lo más destacable de la película además de la impecable producción y dirección es sin duda la actuación sublime de Timothée Chalamet quien con este trabajo acabó por convencerme de ser un actor para la posteridad, un grande. Ya había logrado hacerme entender el amor en “Llámame por tu nombre”, sacudirme en “Dune”, conmoverme en “Mujercitas”. Con cada actuación nos demuestra que es un actor capaz de convertirse en la esencia del personaje que se le requiere prestando su cuerpo y dando vida a una realidad de forma épica.
En esta ocasión se lució. Es verdaderamente Bob Dylan, en cada movimiento, en cada gesto, en su destacada personificación e interpretación, es de reconocerse y aplaudir de pie cada minuto de su actuación, me atrevo a asegurar que es una de las mejores adaptaciones que he visto de un personaje en mi vida. Actuaciones fuera de serie, diseño de producción impecable, dirección extraordinaria, “Un Perfecto desconocido” es una penicilina que vale la pena ver, masticar, recibir con el corazón y los sentidos abiertos.
Ojalá sepan Bob Dylan, Timothée Chalamet y el director James Mangold el enorme regalo que nos dieron a los amantes del cine, la música y la literatura.
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