Sigo casada, casi ya una década, con él. Además de siempre atraerme un muy raro tipo de magnetismo hacia él, la primera vez que fuimos al cine y ya llegando por unas cervezas a la tiendita, me dijo del privilegio de sus poderes. Me demostró que cada que provocaba el ladrido o aullido de algún perro (de casa o callejeros) del vecindario, dependiendo de a cuáles decidiera importunar, acercándose con su silbatito que los hacía casi enfurecer, pero que solo para ellos era perceptible, sucedía algún tipo de desgracia en determinada parte del mundo o de alguna región del país mismo. Esa noche hizo ladrar a unos cinco perros y aullar a un par de un solo bloque de una de las cuadras. Me adelantó que acaecerían incendios y explosiones en países asiáticos, fundamentalmente.
En el momento, solo me reía y le decía que ya dejara tranquilos a esos perros, pero él me decía que era parte de sus altísimas responsabilidades escuchar lo que poderes superiores le dictaran a su mente para así cumplir con designios divinos de entes que escapaban al entendimiento humano. El caso es que llegando a mi cuarto y ya muy temprano, al despertar, miraba yo en las noticias una tremenda explosión ocurrida en una ciudad de China, en unas instalaciones que, según entendí, eran algo parecido a una refinería. Me estremecí. “Cuando menos pudiera ser una casualidad” pensé y me calmé.
Ese mismo día por la noche fui puntual a las nueve, a donde sabía invariablemente estaba la miscelánea y sus cervezas a manera de fiel compañía. Después de unas cuatro o cinco “caguamas” (yo ni una sola me lograba terminar) me acompañó a mi casa no sin antes al caminar y se detuviera en una casa a hacer ladrar un perro. Esta vez, me aseguró, tocaba un fuerte accidente carretero en nuestro país. A la mañana siguiente el noticiero relataba un espantoso choque de dos autobuses de frente en una carretera de Jalisco. Esta vez mi hipótesis de la casualidad no sirvió ya para calmarme.
Y así, desde entonces, hasta mi noviazgo con él y nuestros años de casados, es rara la noche en que no sale a determinadas calles o casas a hacer ladrar o aullar a determinados canes, y rara vez también a gatos. Solo que ahora, pasado el tiempo, no me dice específicamente qué tragedia y en qué lugar sucederá. Solo se limita a asentir con la cabeza y murmurar en extraña lengua frases ininteligibles, dando a entender que él lo sabía, que la voz del poder superhumano se lo había así dictado.
Siento que aún lo quiero, o será ya costumbre, o no sé, no me gusta pensar en las veces, que ya enojado y pasado de alcoholes me exige que sea agradecida al no hacer ladrar al perro que traería la desgracia y la muerte a mi familia, habiendo ya osado a desobedecer órdenes explícitas y claras en ese sentido un par de veces. Él no trabaja, cuando menos en un trabajo convencional y remunerado. Asegura tener una de las labores más delicadas e influyentes para todo el mundo. Por supuesto que yo me callo, lo trato lo mejor que puedo, así creo proteger a mi familia, así sea sacrificando algunas cosas que el amor y un matrimonio bien avenido demandan.
Una noche en la Roma Norte
Para este mes de febrero, quiero recomendarle a mis lectores una grandiosa dupla de ofertas gastronómicas y de entretenimiento...
enero 30, 2026
El niño que se descubre con padre
Como decía la semana anterior, desde hacía meses tenía en el librero un ejemplar de El pez en el...
enero 30, 2026
Una fundación de segundo piso para apoyar al INAH en su labor de exaltar la grandeza de México
La tumba 10 es el más reciente hallazgo del instituto nacional de antropología e Historia (INAH), cuya cabeza de...
enero 28, 2026
El gran pez en el agua agitada
En la estantería, dentro de la interminable pila de libros por leer, estaba El pez en el agua. Con...
enero 23, 2026