Allí en la profundidad de sus sentimientos está el artista, ese que siente al doble cada instante, aquel que ama sin tabúes, sin miedos y que los demás llaman loco; un ser realmente incomprendido que suele reaccionar al primer estímulo. Ese artista que no tiene miedo más que de sí mismo, él que en cada pincelada que surge de su mente da color a sus pensamientos, a veces vivos, a veces grises e incluso negros.
Es admirado el que se expresa en la duela cuando dispone interpretar la elegancia y tragedia de un tango cual ave deslizándose en el aire, de la misma manera nos emociona con un buen rock and roll mostrando su alegría y rebeldía del ritmo que cambió la manera de hacer música.
Y hablando de música, no podemos olvidar al que canta con el alma y toca con su instrumento esas notas que nos alegran, en ocasiones llenas de recuerdos nostálgicos que dan felicidad pero también tristeza.
También están aquellos que nos transmiten la alegría de un texto. Las palabras en voces ordinarias carecen de sentido y emoción, pero en la mano del escritor las palabras se hilan en grandes historias de aventuras de amor y sensibilidad.
Así es el artista que nunca renunciará a su locura y depresión porque eso sería matar su inspiración y, por lo tanto, su obra quedaría inconclusa en el olvido; porque la historia que no se da a conocer se olvida.
Los artistas interpretan esas emociones que nosotros ocultamos por miedo, por ignorancia a vivir en la plenitud de nuestros sentimientos; ellos han marcado las épocas de la historia, han trascendido a través del tiempo luchando contra la censura, la crítica injusta y desmedida de la sociedad, pero al final es un reflejo de la misma y por eso trasciende su obra al paso de los años, de los siglos.
El arte se vuelve la mejor de las adicciones, pues allí se desfoga el individuo que siente al doble, que ama al máximo y en su interpretación logra estremecer la piel sofocando el llanto en la garganta donde el corazón se pone al punto del colapso empachado de emoción, los ojos reflejan el sentir de lo que su cuerpo está experimentando.
Así es el artista que nunca muere, el que no se vende con unas monedas o se deja llevar por vulgares aplausos del momento. Para él lo más importante es expresarse, sentir el arte dentro y reflejarlo a quien lo presencie, dejando una huella imborrable en el espectador.
El arte verdadero no tiene moda ni época, simplemente vive para siempre y seguirá impresionando a quien lo contemple.
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