Cuando esto preparo es la tercera mañana de la semana que he ocupado en asuntos de salud, en preparación a una próxima valoración médica: Exámenes de laboratorio; papelería correspondiente al caso; adquisición de medicamentos, aprovechando la promoción de una farmacia norteña que me hace descuentos por asiduidad.
De manera automática en mi cabeza se conformó el núcleo de esta colaboración. Cuando llegué a la farmacia y no encontré más que un cajón azul, pensé que mis siete décadas me conceden derecho en automático a ocuparlo y así lo hice, lo que hasta hace poco no me hubiera atrevido a intentar. Habría dado mil vueltas hasta conseguir que algún cajón normal se desocupara. Todo lo acontecido en estos días me hizo pensar de qué manera la vida va cambiando conforme avanzamos en edad, y pensé en escribir sobre ello.
La mayoría de nosotros, mientras somos jóvenes, no nos percatamos de la maravilla de nuestro cuerpo que funciona como mecanismo de relojería: El cerebro, el corazón y los pulmones nos permiten actuar de la mejor manera, sin acaso darnos cuenta. Nos levantamos cada mañana, organizamos nuestro día y nos arrancamos a hacer realidad lo que planeamos. El resto de los aparatos y sistemas orgánicos suelen acompañar el buen funcionamiento de los primeros, de manera que el día transcurre de un modo armónico, sin mayores contratiempos.
Cuando alguna enfermedad, particularmente procesos infecciosos, nos ataca, solemos hacer una pausa mientras recobramos la salud, pero pronto retomamos nuestro ritmo habitual de actividades como si nada. Debo reconocer, sin embargo, que hay un factor que ha tocado la vida de los adultos jóvenes de una manera única: La pandemia por COVID que modificó tantos planes de vida de una forma que jamás hubiéramos imaginado. Los adultos mayores no podemos concebir lo que fue esa amenaza vital en plena juventud, cuando se supone que el límite de los proyectos personales es el cielo.
Pasan los años y van surgiendo desajustes en esta maravillosa maquinaria que nos mantiene con vida. Los viejos hábitos nos pasan la factura, la carga genética se manifiesta en achaques y limitaciones, y pronto tenemos que modificar nuestro modo de vida en varios sentidos. Nos despedimos de gustos que ahora representan riesgos para el corazón, el hígado o los riñones. Pronto nos acostumbramos a un nuevo régimen y aprendemos a vivir conformes con sus restricciones y concesiones, en una actitud estoica, dentro de una sabia resiliencia que van dando los años.
Así como invertimos más tiempo y dinero en atender aspectos de nuestra salud, así mismo vamos aprendiendo a ver la vida de otro modo. Adoptamos una filosofía que, por una parte, nos acerca al contentamiento propio de los niños, aprendemos a gozar las pequeñas cosas que la vida nos ofrece; nos volvemos realistas frente a nuestros proyectos, de entrada, midiendo la factibilidad antes que la intensidad del deseo por cumplirlos. Vamos incorporando a nuestra vida cada vez más elementos externos que nos ayudan a estar bien: Anteojos, aparatos auditivos, alguna prótesis de cadera o de rodilla, bastón, dentadura postiza y cualquier otra cosa que la biomedicina haya inventado para ayudarnos a seguir integrados a la vida útil de la sociedad.
La reflexión final de este texto tiene que ver con reconocer que todos estos capítulos que los de mi edad comenzamos a escribir con letras de plata, son producto del incremento en la expectativa de vida de la población general. Hoy vivimos hasta edades que nuestros abuelos no alcanzaron, y afortunadamente hay recursos para convertir esa última etapa en un tiempo muy llevadero, en el que aún es posible seguir desarrollándonos en aquello que nos gusta hacer.
Así pues: A disfrutar cada edad con plenitud, sabiéndonos más que dichosos por lo que aún tenemos (y por lo que –por fortuna–no tenemos), y asumiendo con entereza y simpatía los retos que el avance en edad nos vaya presentando. Que, como una lección más de la existencia, en todo ello encontremos siempre nuevos aprendizajes.
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