Soy algún porcentaje mexicana y otro tanto española. El apellido de mi abuela, que ya no me tocó llevar, es de familia tradicional de un poblado cerca de Bilbao. El segundo de mis apellidos es otro que se mueve en esa región. Mis padres, ya nacidos en México, se conocieron en la ciudad capital del estado de Baja California Sur, La Paz. Y es el lugar que me vio nacer.
No estoy segura por qué intento escribir esta historia. Todo está dicho, escrito, cantado, actuado. Cada año, cada aniversario. No sé, incluso, si lo que me sacude después de tantos años es el dolor que pasa por la mitad de mi sangre.
Y estoy frente a un teclado que me observa. Lo he pensado mucho. Será algo corto, muy personal. Lo demás ha quedado en manos de quienes tienen el poder mediático y político.
Se han cumplido, el 11 de marzo, 21 años de luto. Desde que mi mitad española se cimbró explicablemente.
Me mudé a Madrid a vivir la experiencia, apenas egresada de la universidad y con la avidez de comerme al mundo. Subsidiada por mis ahorros de pasantías, la piedad de mis padres y el hospedaje de unos amigos de ellos que vivían sobre la calle de Alcalá, a dos cuadras de la Plaza de Toros “Las Ventas”, llegué un 8 de enero a buscarme la vida.
Los amigos de mis padres no tenían hijos, pero sí una sobrina, Alicia, rubia y con ojos tremendamente azules que vivía parte del tiempo con ellos y otra parte con su madre en Alcalá de Henares.
Alicia trabajaba en una taberna cerca de la estación de Chamartín. Al poco tiempo me consiguió una entrevista con Don Manuel, dueño del pequeñito restaurante, que me dejó estar de incógnito ayudando en lo que se pudiera.
El sábado 6 de marzo conocí a la madre de Alicia. Encantadora. Entrada en años. Me invitó a pasar unos días con ella y Alicia en su pueblo. Una llamada a Don Manuel y el lunes 8 de marzo ya estábamos en camino.
Llegó el día del regreso. Partimos de la estación de Alcalá de Henares a Chamartín un 11 de marzo a las 7:04 de la mañana, hace 21 años ya.
Subimos al tren. Todo tan normal. La gente sumida en sus pensamientos. Apenas unos minutos habían pasado y me descubrí sobre la mesa con mis brazos jugando a ser almohada.
Abrí un ojo y eché un vistazo a mi reloj. 7:30 de la mañana. Me volví a acomodar.
Una explosión, otra y otra, fueron 4 en aquel tren no. 17305 a las 7:39 de la mañana. No recuerdo haberlas escuchado. Sólo el golpe que me atacó por la espalda y me hizo salir disparada. Abrí los ojos. Estaba sobre Alicia. Su cabello rubio era gris y por su rostro delgados hilos rojos. Un timbre agudo. Silencio otra vez.
Semiconsciente. Mi cuerpo era arrastrado. Toda yo era dolor. Cierro los ojos. Lo primero que recuerdo fue ver a Alicia. Agotada pedía auxilio. Me arrastró hacia afuera de lo que apenas quedaba del vagón número 6. Metales retorcidos. Su brazo izquierdo se me borraba del cuadro. Sus lágrimas. Caí de nuevo en la inconsciencia. Desperté en una especie de hospital. Improvisación. Doctores y voluntarios iban y venían. Se acercó uno de ellos. Estás bien, me dijo. Un taxista se llevó a la chica que te ayudó.
Entraron en la cifra oficial de heridos, nos dijeron. Pero ¿por qué? Frustración. Impotencia.
Alicia perdió el brazo izquierdo. Y me rescató. Y me arrastró. Y no me dejó hasta que me supo segura. A 21 años es un referente en mi universo de vida. A 21 años de mi avidez por comerme al mundo. Y fue ella quien me exigió, al poco tiempo, que lo devorara porque ahí estaba, esperándome. Se reinventó y me enseñó.
Una noticia internacional que, como si fuera novedad, se llevó a niveles absurdos de politización. El juego de las culpas. Movilizaciones. Persecuciones. Que si fue la ETA, que si fue Al-Qaeda, terrorismo islamista auxiliado por células Yihadistas en respuesta a la intervención de España en Irak. Fracturas sociales. Y los deseos de saber la verdad se perdieron en una manipulación frenética de las distintas verdades. Aún hasta ahora. La teoría de las conspiraciones, le llaman.
Todo se ha dicho, escrito, cantado, actuado. Pero se puede seguir diciendo, escribiendo, cantando y actuando sobre este hecho que sacudió a la historia. Por los 193 muertos en total, por los casi 2,000 heridos. Por las preguntas sin respuestas.
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