Soy un chaneque o lo que en otros lares y épocas se ha dado a conocer como gnomos, duendes, o aluxes. Tengo 457 años de edad y podemos vivir hasta más de mil. No somos más que seres híbridos, entre etéreos y materiales: vivimos entre esos dos planos. En este planeta, preferentemente habitamos cerca de los ríos. Nos gusta jugar con los niños, brincamos al plano terrenal por las noches y, como es sabido, hacemos algunas maldades, que no pasan de las mismas travesuras que, desde que el ser humano apareció aquí, gustamos hacer.
Una noche decidí no descender a mi plano natural para quedarme en éste, el terrenal. Sé que los míos me esperan, conozco su enojo, pero encontré algo por lo que bien vale la pena ya no regresar jamás. Y es que aquella noche entré a un cibercafé y la conocí. La escuché cantar, y así de fácil (o complicado) tomé la decisión de no volver a mi dimensión original.
Vivo en un lugar que los hombres llaman “Zihuatanejo”, en la Costa Grande de Guerrero. Me gano la vida bajo un semáforo donde doy mis ágiles vueltas y maromas que, creo, gustan mucho porque me dan muchas monedas los humanos en sus coches, aunque siempre las comparto con los niños. Algunos de ellos preguntan demasiado por mi identidad, de dónde soy, dónde vivo, si tengo familia y todo eso, que para ellos es tan común.
A la Ciudad de Mexicali es a donde debo ir. Ahí vive ella. Entierro diario mis monedas para juntar lo de mi camión e ir para allá, que no está nada cerca. Así que aunque en mi mundo haya mucha indignación por romper con ciertas leyes y reglas, no me muevo en mi decisión, quizás terca y absurda, suicida incluso. No volveré aunque en este plano terrenal, viva mucho menos tiempo, lo sé, pero bien vale la pena el sacrificio. Para mí el amor y la música de los seres humanos los salva de muchas sus faltas y horrores, y creo que hago lo correcto. A final de cuentas, entre nosotros los chaneques y nuestro mundo lleno de armonía, es la Ley Suprema bajo la que siempre hemos vivido. Dios me acompañe…
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