Querida Tora:
Querida Tora:
Ya me imaginaba que no sabías lo que significa “inconsútil”. Yo tampoco. La palabra la conocí cuando empecé a ver la tele-novela. Y por ningún lado oía yo la mentada palabrita. Todas las viejas se preguntaban “Bueno, ¿y quién es la inconsútil?”. Eso, las que podían pronunciar la palabra, porque la mayoría sólo decía “la eso”. No quise quedarme con la curiosidad, y busqué un diccinario. Aquí, en la vecindad, nadie tiene. Tuve que ir a una biblioteca y hacer circo, maroma y teatro para que se lo prestaran a un muchacho que estaba dormido a mi lado, y luego… Bueno, eso no importa. El caso es que lo encontré. ¿Sabes lo que significa? “Sin costura”. Yo también me quedé como tu, sin entender nada. ¿Quién era la que no tenía costura? ¿La protagonista? A lo mejor, porque nunca la habían operado de nada. El villano tenía una cicatriz en toda la cara, y no podía ser.¿El muchacho? A ese sí lo habían operado de anginas o algo así, y alguna puntada le habrían dado. ¿Ropa inconsútil? Ni modo que la hubieran hecho con cemento. A lo mejor era la tele-novela, que no le habían añadido nada y estaba tal cual salió de la mente del autor. Vete a saber. Lo importante es que comprobé que todo los días se aprende algo, hasta de las tele-novelas.
Hablando de tele-novelas, el otro día sucedió algo que ni a esos escritores se les ocurre. ¿Te acuerdas del señor del 41? Resulta que se enfermó. Una gripe muy fuerte, que lo tuvo una semana en cama. Su sobrino se iba a trabajar (ya encontró algo en un gimnasio), y se lo encargó a la del 43. Es una vieja muy brava, a la que nada se le atora. Pues la vieja iba todos los días, le hacía la comida, le daba sus medicinas y le contaba un cuento. El señor no quería cuento; pero ella se empeñaba, y como no se le atora nada, todos los días le escupía uno nuevo. Un día que el señor tenía fiebre se puso a a darle una friega (en el buen sentido de la palabra) con alcohol. Y ahí estaba, friega que te friega, cuando le vino el antojo, y que se lo tira.
Esa fue la palabra que emplearon todas las viejas. Cómo no se iban a enterar, si se la pasaban asomándose a todas las ventanas, a ver qué pasaba. ¿Y sabes qué pasó? Que el señor del 41 lloró un ratito, se levantó y volvió a empezar. A la vieja del 52 se le abrió la boca hasta las rodillas, y del golpe se le cayó una muela rota que tenía.
Cuando llegó el sobrino, ya sabía lo ocurrido (la del 12 corrió a contárselo), y tuvo una escena muy conmovedora con su tío (todas lloraron al unísono). Este le dijo que no se preocupara, que al hijo de su hermana nunca le iba a faltar nada, y lo mandó al cuarto que tiene en la azotea para la sirvienta. Nomás le dio un insecticida y un matarratas para que echara a sus inquilinos. Y allá se fue el muchacho a rumiar su tristeza. Pero ya hizo amistad con un chavo que alquila un cuarto junto al suyo. Porque el del 41 y la del 43 ya decidieron vivir juntos, pero aún no saben en cuál de las viviendas.
El portero nos dijo el otro día que lo del agujero en el patio va por el buen camino, pero que primero tienen que hacer una cooperacha para darles el aguinaldo a los empleados (su secretaria, su cocinera, su lavandera y sus guaruras), porque con lo del mantenimiento no alcanza. Todos los vecinos se enojaron, dijeron que a ellos nadie les daba aguinaldo, y que por qué tenían ellos que darle a los guaruras. El portero contestó que si no les daban, los guaruras se irían, y a ver quién se haría cargo de la seguridad del Condominio. Los vecinos dijeron que cuál seguridad. El portero sacó unas estadísticas que mostraban “la disminución de la incidencia de delitos en el Condominio por cada 10,000 habitantes”. Ellos alegaron que allí no había 10,000 habitantes; pero el portero sacó un pizarrón, lo llenó de números y les demostró que, aunque allí no hubiera 10,000 habitantes, los índices criminales habían disminuído una barbaridad, y que no debían aflojar el paso. Total, los convenció; y todos los vecinos (excepto el del 56, que nunca se entera de nada) aflojaron la pasta (¿Te fijaste qué bonita manera de decirlo?).
Vamos a ver qué pasa.
Te quiere,
Cocatú
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