Querida Tora:
Un día que estaba en el patio vi entrar a un señor muy mal vestido, pálido y tembloroso, que apenas podía caminar. No había gente en el patio, y se fue hasta el fondo. A mi me dio mala espina, y lo seguí. Por fin, se detuvo en la puerta del 64 y tocó. Le abrió la señora, y lanzó un grito de alegría, le echó los brazos al cuello, lo besó y llamó a sus hijos diciendo “Niños, aquí está su papá”. Vinieron todos los niños (Nada menos que 7) y lo abrazaban, y se le subían y… La madre los paró en seco, diciendo que el hombre estaba enfermo y lo iban a lastimar, y lo hizo entrar. Durante un rato se oyó alboroto de voces, pero luego la madre los calló a todos y le dio al hombre un buen caldo de gallina; luego lo acostó y pidió a sus hijos que se fueran a jugar al patio y no hicieran ruido.
Los escuincles se fueron corriendo a buscar a sus amigos y les contaron que su papá había vuelto después de 4 años de ausencia, en que había estado trabajando. “En Estados Unidos”, informó el mayor. “En Europa”, dijo el segundo. “En Australia” afirmó el tercero. “¡No!” – gritó, el chiquito – “¡En Ixmiquilpan!”. Y les contaron las maravillosas aventuras que había corrido, y los fantásticos regalos que les había traído, compitiendo siempre en originalidad y fantasía. Yo, la verdad, no sabía qué pensar.
Las madres, al oír el escándalo que armaban, salieron a reprenderlos; pero al darse cuenta de lo que se trataba, se reunieron todas en una esquinita del pasillo.
-Regresó el “Boomerang” – dijo la del 49.
-Vamos a ver a la del 64 – propuso la del 37,
No se los dijeron dos veces. Un minuto después, estaban todas ante la puerta de la vivienda, tocando y llamando a la señora. Ella salió, rogándoles que no gritaran; y les dijo que sí, que su marido había vuelto después de tantos años de ausencia, pero que venía enfermo.
-Como siempre – dijo una.
-¿Ora qué tiene? – preguntó otra.
Les dijo que era cansancio por el trabajo tan duro que había desempeñado y, también, la emoción de volver a ver a sus hijos. Al chiquito no lo conocía y ni siquiera sabía cómo se llamaba. Pero que ella se iba a encargar de levantarlo en unos días, y ya les contaría él todo lo que había vivido.
Efectivamente, a la semana el hombre ya salió un ratito al patio a tomar el sol; y el domingo siguiente se presentó muy trajeado, con corbata de esas que deslumbran y con una flor en el ojal. Inmediatamente lo rodearon todos los señores con gritos de “¡Boomerang!”, “¿Dónde andabas, Boomerang?”
Un pequeño intermedio. Tu no sabes lo que es Boomerang, ¿Verdad? Claro que no. Consulta por favor el diccionario, y verás que el apodo está muy bien aplicado. Y vuelvo a lo que estaba contando.
Las señoras, al contrario de sus maridos, estaban casi enojadas. Sus comentarios eran;
-Ya se lo hizo otra vez.
-Ese traje debe haberle costado una lanita.
-Esta nunca aprenderá.
Me interesaba más la conversación de las señoras, y me quedé cerca de ellas. Así me enteré de que ese hombre vivió unos meses con su esposa (Porque es su esposa; de eso, nadie tiene la menor duda), y se fue, dejándola embarazada. Volvió a los dos años, bastante apaleado. Ello lo revivió y le mostró a su heredero, al cual hizo muchas fiestas. Pero antes de seis meses, se fue de nuevo. Ella había concebido otro hijo, y tuvo que trabajar más. Así había ocurrido siete veces, y por eso tenía ella siete hijos. Estaban indignadas porque no lo mandaba muy lejos y le prohibía volver, visto que no hacía nada por la familia. Y se propusieron exigirle que lo mandara allá, donde todas sabían. Pero ella se negó; dijo que ese hombre era su marido, y que lo respetaría y amaría mientras tuviera un aliento de vida.
La mujer fue feliz unas semanas, hasta que un día llegó la Flor a darle un sablazo al portero, y él también la vio. Un flechazo, mi amor, un flechazo como nunca se ha visto. El hombre desapareció otra vez. Y a los ocho meses, la esposa tuvo otro parto: fueron gemelos.
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Cocatú
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