Querida Tora:
Fíjate que al chavo ese que trabaja en televisión le cayó un papel de regular tamaño, en el que tiene que interpretar a un individuo de clase bastante baja, zafio, grosero, mujeriego y abusador. No le puso peros al papel, pero su madre le dijo que él no es una persona así, y que le costaría mucho trabajo encarnarlo. Tras mucho discutir, llegaron a la conclusión de que tenía que encontrar una persona así y observarla atentamente, para impregnarse bien de su forma de actuar, de decir y hasta de mover las manos. Ese fue el verdadero problema.
Pero un día que el muchacho salió al patio y vio cómo trataba el portero a uno de sus guaruras (el más feíto), se dijo “Este es el tipo que necesito”. Pero no podía estarse todo el tiempo en el patio vigilándolo, porque sólo sale a ratitos, y seguramente le molestaría que lo observara; y menos podía decirle por qué lo hacía. Afortunadamente, por la ventana de su recámara se ve la vivienda del portero (Y el chavo es uno de los pocos que verdaderamente sabe cómo se las gasta el portero en materia de muebles y de ropa), y decidió sentarse ante ella, en la oscuridad, para observarlo.
Y puso manos a la obra. Perdió mucho tiempo, porque el portero se levanta tardísimo. Pero pudo ver cómo obliga a sus guaruras a sacar y planchar su ropa; y a vestirlo mientras él se toma unas “copiosas” (corrupción de la palabra “copa”, entendida como cantidad de líquido alcohólico que se sirve en una copa; entiendes, ¿verdad?). También pudo ver lo que desayuna, cosa que le indignó, sabiendo lo poco que él y su madre y muchos otros vecinos desayunan a veces. También lo pudo observar regañando a los guaruras y a las personas que le hacen la limpieza o le cocinan, y varias veces tuvo ganas de ir a pedirle cuentas por su despótica actitud para con sus sirvientes; pero la madre le aconsejó que no lo hiciera, por temor a que le ocurriera algo. Sólo interrumpió su vigilancia la noche que llegó la Flor a visitarlo a medianoche, y se encerró con él en la recámara. (no me lo vas a creer, pero en esa ocasión ni siquiera cerraron la ventana, y se vio todo). El chavo se dio cuenta de que en la vivienda de arriba y en la azotea había varias personas mirando hacia su ventana; pero él no quiso hacerlo, porque le pareció muy impropio. Luego se enteró de que hasta le habían tomado fotografías, y que ya estaban circulando en las redes sociales (y no era la primera vez).
Total, que tuvo mucho material del cual echar mano. Y se puso a estudiar, a seleccionar los mejores movimientos, las formas más despectivas de hablar, de estudiar hasta los puntapiés que daba a sus guaruras cuando lo incomodaban.
Y llegó el día de la grabación. Yo lo acompañé porque me cae bien, y él y su mamá me aprecian. Así que me metió al foro “para que le diera buena suerte”. Y cuando lo llamaron a hacer su escena, echó mano de todos los recursos que había reunido, seguro de que lo estaba haciendo muy bien. ¿Pero qué crees? El director le dijo que estaba exagerando, que la gente ya no se comportaba así, porque sus subordinados lo denunciarían ante la autoridad correspondiente; que ya no existían hombres como aquellos, que habían sido verdaderamente nefastos, pero que ya se había adelantado un poco en el comportamiento humano; y que presentar “eso” en televisión era ir derecho al fracaso. Y de nada valió que el chavo le explicara de dónde había sacado su material, porque el director no lo quiso aceptar y le quitó el papel.
Total, que si al salir de la vecindad íbamos con el ánimo muy alto, regresamos arrastrándonos (moralmente, se entiende). Y la mamá del chavo tuvo que pasar mucho tiempo consolándolo por su “fracaso”. Lo pongo entre comillas, porque él no fracasó; él hizo las cosas como las vio en la realidad. Pero muchos creen que esa realidad ya no existe. ¿Te imaginas?
Yo me acosté en el alféizar de la ventana para que desde la cama, donde cayó derrumbado, no pudiera el chavo ver lo que pasaba en la portería. Porque eso, ni él mismo lo hubiera creído.
Te quiere
Cocatú
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