Querida Tora:
¿Qué crees? Por poquito se nos muere el portero. Pero también él tiene la culpa, por andar de metiche. Si se dejara de fastidiar a los vecinos, todo sería distinto., Vas a ver lo que pasó
En el 34 vivía una mujer, ya grande, con su mamá. Pero la mamá se murió. Entonces, la hija mandó traer a unas personas para que la embalsamaran. Ahí se estuvieron esas personas toda una tarde componiendo a la señora; y cuando ya se la iban a llevar, la hija dijo que no, que la había mandado embalsamar para poder tenerla en la casa. Y pidió que la vistieran y la sentaran en un extremo del sofá de la sala, muy bien peinada y con un cigarro entre los dedos (Ella no fumaba, pero a la hija le parece que así se ve muy elegante, muy mujer de mundo). Total, que los trabajadores aceptaron y ella se fue a avisar a una tía de la muerte de su madre.
Los trabajadores terminaron. Pero ninguno de ellos fumaba, así que no tenían cigarros; y se les hizo fácil salir a comprar unos. El portero, que andaba rondando la vivienda porque sabía que algo estaba ocurriendo ahí, aprovechó para entrar y descubrir el misterio. Y cuando vio a la madre sentada en el sofá fue a hablarle; pero enseguida se dio cuenta de que estaba muerta; y como no es muy valiente que digamos, se llevó un susto de miedo. ¿Y qué crees? Le fallaron las piernas, y cayó en el ataúd que tenían para la difunta; el golpe que se dio al caer hizo que se desmayara. A los pocos minutos volvieron los trabajadores, y al ver al portero en el ataúd pensaron que lo habían traído para embalsamarlo también, y se pusieron a trabajar.
Regresó la señora, y puso el grito en el cielo al ver lo que estaban haciendo. Los trabajadores no sabían que decir, pero despertaron al portero. Y éste, al verse dentro de un ataúd y rodeado por caras de circunstancias, dio un grito y salió corriendo. Ni los trabajadores ni la señora pudieron detenerlo, y el pobre hombre bajó las escaleras corriendo, dando alaridos y disfrazado de muerto fresco. ¡El rebumbio que se armó en la vecindad! Por lo pronto, los ocho guaruras se atrincheraron en la portería y dijeron que allí no entraba nadie. Tuvo que venir la señora del 34 y explicar lo sucedido. Lo que nadie supo explicar (Ni entender) fue qué hacía el portero en el ataúd. Pero eso era lo de menos.
El portero reaccionó rápidamente, y dijo que iba a demandar a la señora por meterlo en un féretro y tratar de enterrarlo vivo. Claro que eso no procedía, pero el hombre insistió en que le dieron un susto que podía tener fatales consecuencias. La señora reaccionó más rápidamente aún, y dijo que ella lo iba a demandar a él por invasión de ataúd ajeno; y que si lo que se proponía era darle un susto a ella, ésto también podía tener fatales consecuencias. Total, que estuvieron discutiendo cerca de dos horas; y si no es porque llegó el muchacho del 7, que es abogado y dijo que allí no había delito que perseguir por ninguna parte, todavía estarían discutiendo.
El portero, que no quita el dedo del renglón fácilmente, dijo entonces a la del 34 que no podía tener a su mamacita muerta en su casa, por bien embalsamada que estuviera- El del 7 ya se había ido y no pudieron pedirle su opinión, así que fueron a dar a la Alcaldía. Allí les dijeron que los muertos tienen lugares donde estar perfectamente, y que esos lugares no incluyen las casas de las hijas. La señora lo aceptó, aunque a regañadientes; y demandó al portero por haber descubierto lo que ella, como buena hija, quería hacer para dar mejor aspecto a su sala; y quería que la pagara aunque fuera los gastos del entierro. ¡Pero bueno es el portero para soltar un centavo! Además de que la única culpa que en realidad tenía era la de ser curioso. Así que la señora tuvo que pagar el embalsamiento y el entierro y hasta el embalsamamiento del portero, que ya no hallaba cuándo podría dejar de rascarse todas las porquerías que le pusieron en la cara, que para esas horas ya estaba hinchada y a punto de reventar.
Para que veas lo que pasa por querer hacer las cosas sin informarse antes.
Te quiere
Cocatú
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