“Tú no tienes nombre y yo tampoco. No hay nombres, aquí no tenemos nombres”, le propone esa especie de fantasía el personaje de Marlon Brando a la sensual Jeanne: no decir nombres, que ninguno sepa quién es realmente el otro y entonces vivan en la cama una abierta y muy envidiable actividad amatoria. Exactamente así, una mañana de invierno cuando un afligido cuarentón y una joven y fresca mujer se conocen por azar en un departamento vacío que se alquila en la ciudad de París; y que tras sostener una breve conversación se abandonan con rotunda pasión y desenfreno a las llamas de la lujuria; comienza la intrigante y soberbia, pero a menudo perturbadora, obra cumbre del audaz director parmesano Bernardo Bertolucci.
Con Último tango en París, Bertolucci le entrega a sus devotos cinéfilos el trabajo más comprometido y a la par más popular de su filmografía. Se trata de una cinta donde profundiza en temas como el dolor, la pasión, la muerte y los recuerdos, a la cual la crítica llamó “un arrebatado y ya clásico retrato de la moral claudicante”. De sobra son conocidos los enormes problemas que la película enfrentó con la censura y los sectores conservadores del catolicismo que la acusaron de obscena y pornográfica. Una sodomización de la actriz principal por parte de Marlon Brando, utilizando como lubricante una barra de mantequilla, representó el asunto mayor del escándalo y la gran controversia que causó su estreno a principios de la década de los setenta. “Fue idea de Marlon. Y Bertolucci me ordenó lo que tenía que hacer poco antes. Me engañaron. Esa escena no estaba prevista. Las lágrimas que se ven en la película son reales”, recordó la actriz Maria Schneider en una de las últimas entrevistas que dio antes de fallecer en febrero de 2011.
Aunque la prensa se empeñó en mandarle al público un mensaje erróneo, señalando a la cinta como una especie de adaptación del Kamasutra; al final, el provocador guion escrito por el propio Bertolucci (El último emperador, Soñadores) y Franco Arcalli (Erase una vez en América), demostró que Ultimo tango en París no era solamente una película erótica; más bien lo que ofrecía era una lectura amarga y cruda de las pasiones humanas, un relato de la pérdida de identidad, que a pesar todas las acusaciones e injurias recibidas, logró merecidos elogios y nominaciones a importantes premios cinematográficos.
“Venimos a olvidar, a olvidar todas las cosas, absolutamente todas” sentencia el infeliz y atormentado Paul en ese departamento deshabitado donde se reúne frecuentemente con una beldad francesa de veinte años para hacer el amor de una manera extremadamente procaz y animal, y trasladar sus arrebatos lascivos a niveles que nunca soñaron. Marlon Brando, reputado como uno de los mejores actores de la historia del cine (Un tranvía llamado deseo, Nido de ratas, El Padrino y Apocalypse Now), interpreta al maduro norteamericano que huyendo de la realidad, escapando del trágico ambiente que le dejó la muerte de su esposa, experimenta un atisbo de liberación y júbilo dando rienda suelta a sus deseos carnales entre cuatro paredes. Es ahí, donde Jeanne (María Schneider, espléndida en un papel colmado de erotismo), se deja seducir, en un claro ejercicio de sadismo, sin preguntas ni compromisos, por este maduro hombre de lujuria insaciable; no obstante, esté próxima a casarse con un muy atropellado pero entusiasta cineasta que filma un documental en las brumosas calles parisinas, ni más ni menos que con ella como protagonista.
Condimentada por una banda sonora del compositor argentino Gato Barbieri, que se presenta oportunamente como fondo del drama, y con toda la riqueza que aporta el romanticismo, el arte y la historia de la capital francesa, Último tango en París conmueve de un modo eficiente, propina los golpes precisos y pega hasta en las entrañas.
Sin duda es una película que hay que ver, más ahora que está celebrando su cincuenta aniversario.
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