De esos pequeños momentos que nos acompañan siempre…
De esos pequeños momentos que nos acompañan siempre…
Yo apenas tenía doce años cuando sucedió algo aquella noche que me inundó con un destello de luz para siempre y una esperanza renovada.
Verano, intenso calor. Como era habitual por aquellos tiempos de una inmigración más o menos reciente, solían visitarnos a la casa de mi abuela tíos y primos, de España o descendientes de españoles afincados en la América. Por esos días habían arribado, desde México y luego de un largo viaje por Europa, el tío Froilán, su esposa la tía Concepción y su sobrina Manuela. El viaje era el acostumbrado regalo que los tíos, bastante mayores, sin hijos y con sólida posición ganada en una afamada imprenta, regalaban a sus sobrinas como despedida de soltería por sus bodas.
Pasamos largas veladas comiendo nuestros platos típicos, rememorando los gustos de los tapados españoles, degustando el “flan de pueblo”, como llamaban al flan casero, exquisito, que hacía mi mamá a baño María y con muchos huevos de un gallinero cercano, nada de esos de hoy que parecen de plástico. Las charlas animadas, las anécdotas del viaje, los chascarrillos de la familia, formaban parte del disfrute de largas veladas
La última noche, antes de su regreso a México, estuvimos en el amplio patio terraza de mi abuela y Manu, acompañada por la guitarra criolla y el tarareo y palmeteo de todos, cantó hermosos temas andaluces y mexicanos. Las primas nos animamos a algunos pasos de baile y a los mayores les chispeaban los ojos tachonados de recuerdos Una luna intensa era nuestra devota acompañante. La muchacha entró en charlas intimistas y nos expresó cuánto extrañaba a su amor, Abraham, quien la iba a desposar en sólo dos semanas y hacía más de un mes que no veía.
Ya casi al final de la velada, Manuela se acercó al balcón de la terraza y acariciando los pétalos de esas florcitas rosa intenso, las únicas resistentes en el patio de la abuela a los sofocones del sol del estío, miró la luna, se inundó su cara de luna, se inflamó su voz de luna y casi en un rezo dijo:
-¡Ay, Abraham…!, ¿estarás mirando la misma luna que yo miro?
Con mis doce años me pareció la más encendida declaración de amor y me imaginé que a miles de kilómetros de distancia le respondían con el mismo fuego, la misma mirada, el mismo deseo… que era la luz de la luna llena un puente de amor.
Desde aquella noche, muchas veces miro la luna y le pregunto si él la mira y piensa en mí como yo en él. Y siento que cada luna llena me trae en un rayo sólido, resistente, poderoso, inalterable, desde algún lugar del mundo la pregunta llena de fuego.
-Ay, Silvia, ¿estarás mirando la misma luna que yo miro?
Y siento que alguna vez él llegará a mi soledad, cabalgando en ese rayo de luz plateada.
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