Es posible que hayan “madrugado” al presidente López Obrador en el asunto de la inversión del magnate estadounidense Elon Musk en México, entre Samuel García y Marcelo Ebrard. Da la impresión de que todo el asunto quedó amarrado a espaldas del primer mandatario para que esta se llevara a cabo en el ya de por sí boyante estado norteño de Nuevo León.
La intención de AMLO era insertar esta inversión a manera de detonante de alguno de los grandes proyectos que encierran el alma del proceso de la cuarta transformación, ya que uno de sus principales ejes es romper con la inercia de tener “dos Méxicos”: uno muy rico en el norte y otro muy pobre en el sur. La planta de Tesla hubiese quedado de forma ideal para esos nobles fines de Estado en las cercanías del nuevo aeropuerto internacional “Felipe Ángeles” o mejor aún en alguna Ciudad con buena conectividad con el gran proyecto, que será algo así como una alternativa al canal de Panamá, que es el corredor interoceánico transítsmico.
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No fue así, y con el lujo de exhibir al presidente, que bien muchos ya no le profesarían el respeto de antes, debido a la obvia cercanía del proceso sucesorio al sexenio 2024-2030. Marcelo Ebrard lo había dicho ya a los cuatro vientos, él mantiene desde hace tiempo una fluida interlocución con Elon Musk, y a la vez una estrecha amistad con Dante Delgado, dueño de la franquicia/partido político “Movimiento Ciudadano”, y por ende con Samuel García, gobernador de Nuevo León, emanado de ese instituto político. Vamos, hasta los terrenos –trascendió ya– tenía ya apalabrados para la armadora de Tesla en la ciudad regiomontana.
Un indicio más de que Marcelo Ebrard sería, de los aspirantes a suceder al hoy presidente, el que menos daría continuidad a las grandes obras y rumbo de Nación del lopezobradorismo, antes todo lo contrario, existe el riesgo de ser un presidente que procedería a “decapitar” a su antecesor, ante el más puro uso político mexicano en algunos incipientes sexenios pasados. Bien haría el presidente en mover sus resortes para tratar de incidir lo más posible en el tema sucesorio al 2024. Marcelo Ebrard se adivina, en caso de llegar a la presidencia, como neoliberal convencido con todo y prominentes miembros de su equipo de origen itamita y que puedo sospechar del riesgo de dar al traste con muchos de los objetivos y metas de la 4T y sus convicciones. De ser así se instauraría un gobierno de convicciones basadas en premisas en ocasiones muy alejadas de los ejes principales que dan sustento a la llamada cuarta transformación, en el poder presidencial cuando menos, hasta el 2024.
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