El irrefrenable crimen organizado no es suficiente para que el presidente Andrés Manuel López Obrador cambie la estrategia de contención, si es que en algún momento hubo más que pasividad.
El ataque de pobladores a un cuartel del Ejército en Aguililla, Michoacán, y la denuncia del gobernador Silvano Aureoles Conejo sobre la intervención del crimen organizado en la elección estatal, fue el motivo de la principal molestia presidencial en una de sus recientes mañaneras. “Aunque se burlen, voy a seguir con abrazos no balazos, no soy Peña ni Felipe Calderón, no me gusta el “mátenlos en caliente”, ni las masacres ni las torturas”, sentenció López Obrador en Palacio Nacional, ante cuestionamientos de exigencias de pobladores de Aguililla.
Ante el rechazo a utilizar el uso legal de la fuerza pública, el Ejecutivo pidió a los pobladores, a comerciantes, agricultores, religiosos y a todos que contribuyan para alcanzar la paz en la región asediada por disputas de bandas del crimen organizado.
El presidente piensa en su imagen antes de poner una solución. De nuevo atacó al ente llamado “adversarios” como método sociológico para concentrar la maldad en el “ellos” (malos) contra el “nosotros” (buenos). Los “adversarios” es una clepsidra donde caben medios de comunicación no alineados, clases medias que no son parte de su feligresía, empresarios fuera de su club de contratistas y todo el que se antepone al proyecto de la Cuarta Transformación.
La gravedad estriba en la tendencia criminal que dobló el número de muertes dolosas de Peña Nieto y casi triplicó las de Felipe Calderón en periodos equivalentes. A esto habrá que sumarle que aún no hay impacto de las alcaldías y gubernaturas donde el crimen organizado invirtió operación y dinero, ya que aún no toman posesión. Lo cierto es que el crimen organizado está en la mayor zona de confort de los últimos cuatro sexenios, y el riesgo de llevar al país a un narcoestado.
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