Las protestas contra la gentrificación en México se radicalizan al calor del nacionalismo y la memoria histórica

Fabian Acosta Rico | Doctor en Antropología Social , Universidad de Guadalajara Este verano se han registrado hasta la fecha tres marchas contra la gentrificación en Ciudad de México. Y seguimos contando. El término gentrificación podría postularse como palabra...

8 de septiembre, 2025

Fabian Acosta Rico | Doctor en Antropología Social , Universidad de Guadalajara

Este verano se han registrado hasta la fecha tres marchas contra la gentrificación en Ciudad de México. Y seguimos contando.

El término gentrificación podría postularse como palabra del año. Su acepción más común tiene que ver con la migración de personas con un poder adquisitivo mayor al de los residentes del lugar de acogida. Esta definición de ONU-Habitat, la agencia de Naciones Unidas que promueve el desarrollo urbano sostenible, describe lo que está sucediendo en muchas ciudades y países.

Los extranjeros que llegan a residir pagan altas sumas por alquileres, restaurantes y servicios, dado que sus monedas valen más, ya sean dólares o euros. En consecuencia, por un efecto de la ley de la oferta y la demanda, terminan encareciendo el costo de la vida del lugar, desplazando a los locales y borrando señas de identidad.

El fenómeno ha puesto bajo el foco a la Ciudad de México y a algunos pueblos mágicos del país, como San Miguel de Allende, en el estado de Guanajuato. Su rastro se ha extendido también a otras partes de la República mexicana, como Mazatlán, Oaxaca o Mérida. Y a pueblos ribereños de la Laguna de Chapala, como Ajijic y Jamay (ambos en el estado de Jalisco).

Demandas justas

Bajo el lema “no es desarrollo, es despojo”, la segunda de las marchas contra la gentrificación de este verano en la Ciudad de México, convocada por más de 20 organizaciones cívicas, dejó un manifiesto con demandas concretas.

Estas se centran en medidas orientadas a regular el derecho a la vivienda y parar los pies a los megaproyectos urbanos, respetando la autogestión comunitaria de los pueblos orginarios.

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Foto tomada durante la primera marcha contra la gentrificación, realizada en el barrio Condesa de la Ciudad de México el pasado 4 de julio. Octavio Hoyos/Shutterstock

Pero, en México, el ardor contra la gentrificación, visible en las calles, presenta otras condiciones específicas relacionadas con el imaginario social.

Estas particularidades tienen que ver con algunos demonios históricos y culturales. La lista incluye la conquista y colonización, la guerra con Estados Unidos, la invasión francesa, la entronización de un príncipe austríaco, el malinchismo y una obsesión nacionalista para denunciar cualquier atisbo de presencia extranjera que ponga en peligro la descolonización.

Luchas de clases, xenofobia y prejuicios

La desigualdad social y el desnivel económico entre los nativos y los extranjeros agitan el cóctel. Una combinación cuyos frutos remueven el espectro de la lucha de clases, así como la xenofobia o el odio al de fuera, al “fuereño”.

Todo comienza con el acto de migrar, de irte de tu lugar de nacimiento a una nueva tierra, con gente distinta, buscando una mejor vida o escapando de otra peor. Al migrante se le etiqueta muchas veces, echando los prejuicios por delante. En la categorización del migrante hay escalas de xenofobia que impone el lugareño. La intención de migrar despliega una serie de categorías, y una de ellas, la última en ser mencionada, tiene que ver con la gentrificación.

Los migrantes cuya intención es delinquir, estafar, cometer fraudes o cualquier tipo de ilícito representan una minoría, como demuestran las estadísticas y confirman las cifras.

En Estados Unidos, por ejemplo, un estudio del Instituto Cato sobre tasas de encarcelamiento de inmigrantes entre 2010 y 2023 arrojó dos conclusiones:

  1. Que todos los inmigrantes, tanto legales como ilegales, tienen menos probabilidades de ser encarcelados que los estadounidenses nativos, en relación con su proporción en la población.
  2. Por sí solos, los inmigrantes ilegales tienen también menos probabilidades de ser encarcelados que los estadounidenses nativos.

Según los datos del estudio, durante el periodo referido fueron encarcelados 1 617 197 estadounidenses nativos. La cifra de migrantes irregulares ascendió a solo 67 813, mientras que los extranjeros regulares apresados sumaron 58 515.

Entre los inmigrantes también hay clases

Los migrantes irregulares son los más odiados y las voces ultranacionalistas apelan a ellos en sus generalizaciones a la hora de descalificarlos. Véanse las recurrentes diatribas antiinmigrantes de Donald Trump en Estados Unidos y las de personajes europeos como Giorgia Meloni en Europa.

Por otro lado, están aquellos que migran esperando la caridad social o el amparo estatal, ya sea por un impedimento físico, psicológico, cultural o por simple vagancia. También a ellos se les repudia.

Otros buscan oportunidades laborales, sueldos convenientes y una sociedad mejor estructurada que brinde verdadera seguridad social, oferta educativa para sus hijos y servicios de salud. Con ellos, la xenofobia tiene menos argumentos de réplica, pues son personas útiles, que llegan a generar riqueza.

Los hay que vienen a invertir su dinero. En el caso de México, es notable la presencia de chinos e hindús que montan sus tiendas y se integran sólo económicamente, pero se mantienen autosegregados. Los lugareños pueden llegar a repudiarlos, pero muchas personas compran en sus comercios, por lo cual reciben algo de la indulgencia local.

Finalmente, están los que buscan gastar, no como turistas ocasionales, sino como residentes en pos de tierras paradisiacas o de joyas coloniales. Son personas cosmopolitas con un cierto sentido de desarraigo a su terruño.

Capaces de adoptar una nueva patria, pueden asumir la idiosincrasia y cultura ajenas. Van con un flujo migratorio de norte a sur, en el caso de América. En un primer momento, de temprano reconocimiento, los locales no los rechazan; no sufren la xenofobia que habitualmente padecen los migrantes que delinquen, mendigan o trabajan. Su realidad es distinta: es la del cliente que viene a traer divisas, dólares o euros (de ser el caso).

Giro de guion para los residentes del Norte

Pero este primer encanto desaparece cuando se quedan a residir de forma permanente. Es entonces cuando se presenta el choque entre globalismo y nacionalismo, dos fuerzas en confrontación en esta postmodernidad.

Del lado nacionalista, se alinean los que tienen raíces que los anclan a su tierra por amor o necesidad. En el otro, el de la globalidad, se posicionan quiénes tienen alas y son viajeros que pueden establecerse en cualquier lugar de la aldea global.

Es el choque entre un postmoderno globalismo y un nacionalismo que emparenta con los nuevos populismos, tanto de derecha como de izquierda.

Demonios históricos y culturales

En México, la gentrificación va de la mano de un globalismo de ricos, consustancial con las claves de una romantizada ciudadanía universal. Su auge despierta algunos demonios históricos y culturales entre los mexicanos. Demonios que salen a relucir en las manifestaciones de repudio a los extranjeros que pasaron de ser turistas a convertirse en residentes.

¿Cuáles son estos demonios? El demonio de la conquista y la colonización española. El demonio del despojo de más de la mitad del territorio mexicano en una guerra pérdida apátridamente en 1847 contra los Estados Unidos. El demonio de una intervención francesa que derivó en un segundo imperio en 1864, con la entronización de un príncipe extranjero, un príncipe austriaco.

Malinchismo y nacionalismo

Repudiar al extranjero que viene supuestamente a reconquistar México obedece a una narrativa nacionalista que busca socavar el también inveterado malinchismo. Malinchismo que fue entendido como aprecio de la cultura extranjera en menosprecio de la mexicana.

El grito nacionalista contra la gentrificación tiene ecos profundos en el clamor por hacer valedera la descolonización. Por un miedo ancestral, se siente que existe un peligro de retorno de los extranjeros a las tierras que otros tiempos subyugaron bajo el estatus de colonia o protectorado.

Hace falta poner reglas claras, regulaciones de los gobiernos de las naciones de acogida que le pongan diques aceptables a la gentrificación. El aislacionismo y el cierre de fronteras no son la solución. En la aldea global, migrar por las razones que sean constituye un fenómeno casi inevitable. Para facilitarla minimizando conflictos, se antoja necesario diseñar marcos regulativos nacionales e internacionales.

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