Identidad kitsch

La obsesión por mostrarse pro-mascota, anti-guerra de Ucrania, pro-palestino, pro-veganismo, etc., según la moda vigente, son signos de una propensión creciente hacia la superficialidad “kitsch”.

12 de julio, 2024 Identidad kitsch

¿Qué tiene en común aquel que graba con su celular un concierto en vez de disfrutarlo, quien satura sus publicaciones de perros y gatos pero que apenas dedica tiempo al suyo, quien con solemnidad retira su foto del perfil y coloca una bandera de Ucrania sin tener la más remota idea de los aspectos profundos que detonaron la guerra, quien se manifiesta de forma rabiosa a favor de los palestinos aun cuando no sería capaz de señalar dicho territorio en un mapa?

Lo que toda esta variedad de individuos tienen en común es el hecho de permanecer atrapados –sin saberlo– en la cultura de «lo kitsch». 

Cuando el concepto nació, «lo kitsch» era aquello que se consideraba cursi, recargado, corriente, pretencioso o excesivamente popular. En resumen, todo aquello que proyectara «mal gusto», especialmente si estaba de moda. 

También se le llamó así al arte que renunciaba a la expresión pura y genuina en favor de aquel que, emulando las grandes piezas y corrientes artísticas, era construido con simplicidad y ligereza extrema con el propósito de satisfacer las necesidades del mercado. Así, por ejemplo, Micrea Cārtārescu expresa en su novela Solenoide su rechazo al arte superficial y acomodaticio que se le bautizó como kitsch: “El arte no tiene sentido si no es huida. Si no nace por la desesperación de sentirse prisionero. No siento respeto por el arte que procura comodidad y alivio, por las novelas y la música y la pintura que te hacen más soportable la estancia en la celda1”.

Es decir, mientras que el «arte auténtico» nace como producto de una confrontación contra el orden establecido, contra aquello que despierta inconformidad con la existencia o como desafío hacia los poderes existentes, el «arte kitsch» no es sino una parodia –sin pizca de ironía– de lo artístico, lo culto y lo estético. 

Desde esta comprensión, una pieza kitsch no es sino un mero objeto decorativo, vacío de contenido verdadero y acorde con las tendencias de la moda, pero jamás contra ellas. El arte kitsch es, en consecuencia, una imitación inocua, una réplica pretenciosa y sin gracia que carece de auténtica originalidad, que simplemente «aparenta ser», pero que no es. 

En nuestros días, ante la explosión del mundo digital, pensar en «lo kitsch» como sinónimo de «mal gusto» resulta insuficiente. Ahora además retrata la imitación, la copia, la preferencia por lo artificial y lo exagerado en todos los ámbitos de la vida.

Hernán Díaz, en su novela Fortuna, nos regala una espléndida definición de «lo kitsch»:

“Una copia tan orgullosa de lo mucho que se parece al original que termina creyendo que tiene más valor ese parecido que la propia originalidad. «¡Es idéntico a…!». Sentimiento impostado por encima de emoción real; sentimentalismo por encima de sentimiento”. […] El kitsch siempre es una forma de platonismo invertido, que valora la imitación por encima del arquetipo2”.

Por su parte, en el mismo orden de ideas, Milan Kundera asegura que: “El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: «¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!». La segunda lágrima dice: «¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!». Es la segunda lágrima la que convierte el kitsch en kitsch3”.

Por eso, asistir a un concierto y romper el contacto con la atmósfera, salirse por completo de la experiencia para centrarse en grabar un video para Instagram que, además, nunca volveremos a ver con el único propósito de obtener likes es un acto kitsch. 

La inmensa mayoría de los perfiles en nuestras redes sociales son también manifestaciones de lo kitsch: imágenes, textos, historias artificiales y manipuladas que intentan articular un relato biográfico que retrata una vida ilusoria que nos empeñamos por hacer parecer como «la verdadera» ante los demás. Nuestros gustos, intereses, aficiones están exagerados o, cuando presumimos gustos o experiencias que ni siquiera nos satisfacen de verdad, directamente inventados.

La compulsión por mostrar lo bien que comemos, lo cool de los lugares a los asistimos, lo elegante de nuestro outfit, lo comprometidos que estamos con nuestra rutina de gimnasio o lo sofisticado que son los lugares en los que solemos vacacionar no son sino manifestaciones de nuestras vidas kitsch. 

Los síntomas de este mal de nuestro tiempo son muchos y evidentes. Y el principio de la recuperación está en reconocer en que, por más vehementes que parezcan nuestras convicciones, en realidad no forman parte de nuestra vida. Si a aquello que posteamos en nuestras redes, en la vida real no le dedicamos un sólo minuto de nuestro día, ni un sólo peso de nuestra cuenta bancaria es que se trata de actos kitsch. Cuánto de lo que realmente valoramos lo invertimos en favorecer a los animales maltratados, en ayudar a los migrantes sirios –o en los centroamericanos que encontramos cada vez con más frecuencia en nuestra calles– o a las víctimas palestinas de la guerra. 

Otra vía de recuperación está en reconocer que ni podemos pagar ni tenemos tiempo para vivir los objetos, viajes, marcas y lugares que aseguramos que forman parte de nuestra cotidianidad. No hay nada malo en este reconocimiento, porque la inmensa mayoría de los demás, que también lo publican como su forma habitual de vida, tampoco pueden.

La obsesión por mostrarse pro-mascota, anti-guerra de Ucrania, pro-palestino, pro-veganismo y un interminable etcétera, según la moda vigente o “el tren del mame” del momento, son signos de una propensión creciente hacia la superficialidad «kitsch». El problema grave es que esta tendencia comienza a permear en nuestra personalidad, en nuestra manera de ver y entender el mundo, en la forma en que queremos ser vistos y juzgados. En una palabra, hemos paulatinamente forjado una «identidad kitsch» que poco a poco se mezcla y confunde con quien verdaderamente somos. El reto a estas alturas consiste en no confundir nuestro «yo genuino» con nuestro «yo kitsch».    

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1 Cārtārescu, Micrea , Solenoide, Tercera Edición, España, Impedimenta, 2018, Págs. 794/P. 672

2 Díaz, Hernán, Fortuna, Séptima Edición, España, Anagrama – Panorama de Narrativas, 2023, Pág. 4023 Kundera, Milan, La insoportable levedad del ser, Primera Edición, Novena Reimpresión, México, Tusquets – Colección andanzas, 2020, Pág. 265

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Juan Carlos Aldir
Juan Carlos Aldir Licenciado en Filosofía y maestro en Filosofía y crítica de la cultura por la Universidad Intercontinental. Cursó un posgrado en Psicología, en la Escuela de Psicología Transpersonal Integral y el diplomado en Creación Literaria que imparte la Escuela de Escritores de México, SOGEM. Desde muy joven ha participado en diversos talleres literarios y colaborado en diversas publicaciones. En el año 2013 apareció su primera novela, Asesino de muertos, bajo el sello Punto de Lectura. En 2019 Editorial Planeta publicó su segunda novela: Donde empieza la noche. Web: www.juancarlosaldir.com Instagram: jcaldir Twitter: @jcaldir Facebook: Juan Carlos Aldir

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