Expresar las opiniones como politólogo, sociólogo, filósofo o político desde la honestidad intelectual y la integridad profesional, y sin formar parte de un grupo ideológico, no es fácil en un mundo de posverdad y polarización extrema.
La semana pasada hablaba del lastre social que implican los mercenarios de la opinión, que venden sus conocimiento y su prestigio a una ideología a cambio de un beneficio económico o profesional. Hoy me gustaría complejizar un poco la perspectiva y analizar un poco más a fondo las razones que producen este fenómeno.
Empiezo reconociendo que sobrevivir en el mundo de la academia, la literatura, la escritura, el periodismo o la politología no es fácil. En nuestro tiempo, más allá de los méritos, se necesita tener lectores, seguidores, patrocinadores y apoyo institucional. Pero las preguntas resultan obvias: ¿cómo conseguir un grupo de seguidores-lectores sin las ventanas de exposición necesarias? ¿Cómo conseguir todo eso si no es posible expresar con libertad lo que cada uno piensa en los espacios de exposición mediática importante? ¿Cómo lograr todo eso si tu propósito consiste en abordar concepciones complejas del mundo en espacios donde solo caben 280 caracteres? Efectivamente, no se puede.
Ser intelectual y vivir de la opinión requiere de una independencia ideológica imposible en el mundo de hoy. Donde el precio a pagar por ser moderado, crítico e intelectualmente honesto es excesivamente alto, cuando directamente implica el ostracismo. Y, puesto que el propósito de la vidas es vivir, son muy pocos los que están dispuestos a pagar semejante precio.
Queremos que nos digan la verdad, pero estamos atacando el problema de la mentira con más mentiras, apagando el incendio de la falacia con la gasolina del engaño. No se busca la crítica o la confrontación de ideas distintas, sino la auto-confirmación de lo que ya se cree. esto conduce a polarización que produce más polarización y por lo tanto, el crítico, para mantener la masa crítica de seguidores que lo respalden para no perder su lugar de exposición, necesita polarizar, declarando y defendiendo muchas veces ideas en las que no cree.
En el México de hoy o bien estas de manera irrestricta y acrítica a favor de “la transformación” o, por el contrario tienes que defenestrarla, sin importar lo que haga o los resultados que obtenga. Esta actitud no sólo destruye cualquier canal de diálogo y comunicación sino que evita acuerdos generales y propósitos conjuntos. Nos vacuna contra cualquier posibilidad de tener una idea de país donde quepamos todos.
Estoy consciente que prácticamente no hay forma de que un intelectual se gane la vida haciendo su trabajo de forma honesta sin sumarse a alguna de las ideologías que poseen los medios de comunicación y gestionan la academia, o sin demostrar su identificación con alguna de las fuerzas hegemónicas que invierten recursos en controlar el discurso. Pero aun así, no puedo dejar de preguntarme ¿por qué no llevar a cabo un gran debate nacional que pacte lineamientos generales que nos lleven a un destino común, para después trabajar todos los días, de manera honesta, desde cada espacio del espectro ideológico, en la construcción de una sola nación?
Sé que, ante la realidad que se nos impone, la pregunta es de una ingenuidad apenas tolerable, pero ¿qué alternativa hay? ¿Dejar que todo siga como va, aunque resulte obvio que nos dirigimos al precipicio? Conviene recordar que, una vez más, como escribió Vargas Llosa, “cuando se vive de este modo, la perversión del pensamiento y el lenguaje resulta inevitable”(1). Y con ello, el deterioro social y personal no tiene límites.
Permítanme que plantee una pregunta más, tanto para aquellos que critican la realidad nacional, como para los políticos que la moldean: ¿a cuántos de ustedes les gustaría vivir en el mundo que están creando, si carecieran de la posición económica y social de la que gozan, los contactos y la protección que les da su posición política y/o mediática?
Es tiempo de compromiso, es verdad, pero a diferencia de hacerlo con una ideología o con el movimiento político que mejor pague las lealtades, es tiempo de llevarlo a cabo con la persona más importante de nuestra vida: con nosotros mismos.
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(1) Vargas Llosa, Mario, El pez en el agua, Primera Edición, México, Alfaguara – Penguin Random House, 2023, Pág. 377
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