Resulta cada vez más frecuente que un debate se dé por terminado cuando alguien se siente ofendido, eso sin considerar que la lista de temas tabú se incrementan casi día con día, lo que implica el cierre de los espacios para la discusión abierta de asuntos que se consideran políticamente incorrectos.
Un problema cada vez más serio, y que parece continuar agravándose está en el hecho de que cada vez existen más temas excluidos de la discusión abierta y frontal. Al parecer enfrentamos tiempos en los cuales se le da más valor a la validación de prejuicios y la protección de las susceptibilidades personales que a la búsqueda de construir argumentaciones que desmonten los discursos que se consideran superados o que directamente contravienen la verdad.
En los debates de hoy, incluidos los ámbitos académicos y universitarios, se privilegia la sensibilidad particular del individuo, tanto del que debate como del que escucha, por encima del desafío que implica enfrentarse con ideas que reten los prejuicios y obliguen pensar más allá de las convicciones personales preconcebidas.
Resulta cada vez más frecuente que un debate se dé por terminado cuando alguien se siente ofendido, eso sin considerar que la lista de temas tabú se incrementan casi día con día lo que implica el cierre de los espacios para la discusión abierta de asuntos que se consideran políticamente incorrectos.
En su libro Trump y la posverdad, Ken Wilber1 nos pone algunos ejemplos de lo que él llama “hipersensibilidad narcisista”: relata el caso de un maestro que, en una universidad norteamericana, “se atrevió” a corregir la gramática de los estudiantes en un examen. Al parecer esta acción produjo que sus alumnos lo denunciaran ante las autoridades académicas por generar “un clima de miedo” en el aula.
Otro caso detallado por Wilber es el de una asistente a un mitin feminista. Luego de que el primer orador recibiera un gran aplauso, esta mujer se puso de pie para decir que dicho aplauso la había “puesto nerviosa”, con lo cual se organizó una votación con la que se decidió evitar los aplausos durante el resto de la sesión.
Dice Wilber a este respecto: “Estos son ejemplos de una sensibilidad tan enfermiza que, en lugar de reconocer que la persona en cuestión quizá padezca un problema emocional, se la etiqueta como víctima y se obliga a todo el mundo a someterse a sus caprichos narcisistas2”.
Esta hipersensibilidad cancela toda opción de continuar con una discusión razonada del asunto en cuestión y, en su caso, desarticularlo con argumentos.
Permitir el desarrollo natural y fundamentado de las discusiones, con independencia de lo incómodo que puedan resultar a priori los temas, favorece la ampliación de los umbrales de tolerancia al pensamiento distinto, que con la dinámica del momento tenderán, al contrario, a ser cada vez más restringidos.
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1 Wilber Ken, Trump y la posverdad, Primera Edición, España, Kairós, 2018, Pág. 68
2 Idem.
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