En el año de 1521, cae Tenochtitlan, la metrópoli de un vasto imperio (se dice que ‘el Anáhuac’ está relacionado con el nombre de Nicaragua, porque hasta ahí “llegaba el Anáhuac”, más o menos representa pues el vocablo en lengua náhuatl). Lo cierto es que la Historia del choque de dos mundos pudo ser, por varias razones, menos traumática y más gradual.
Una razón por la que sí fue traumática en demasía es el arma biológica (involuntaria y circunstancial) de la viruela, que diezmó a una población de una Ciudad que había resistido heroicamente; otra es la tiranía en la que, mucho más brutal que los anteriores Tlatoanis, se había convertido el mandato de Moctezuma II, y que hicieron la tarea no difícil a los europeos para convertirlos en sus aliados. Esto último pudo haber sido distinto, posiblemente, de haber sido electo el propio Cuitláhuac, en 1502 (hermano de Moctezuma) en el seno del consejo de nobles, presidido por el Cihuacoatl o consejero mayor del gobierno y el Estado, ya que éste, Cuitláhuac, tenía una concepción de un imperio mucho más en la forma de una Federación de Ciudades Estado, misma idea que intentó implementar a la muerte (siempre enigmática) de Moctezuma y su posterior nombramiento como Huey Tlatoani o Rey, buscando con ese argumento alianzas con los pueblos vecinos y subyugados. Lo hizo, se dice, hasta con la gente de Michoacán, los tarascos, mismos con los que nunca pudieron en el campo de sus guerras de conquista. Obvio es que era demasiado tarde, pero también lo cierto es que, seguramente, Cuitláhuac, es el primer líder político en haber concebido algo, por primera ocasión, lo más parecido a lo que posteriormente, tres Siglos después, sería México.
Tan sólo si los frailes de la orden franciscana hubieran llegado poco antes a lo que sería la Nueva España, habrían tenido el tacto suficiente para evitar (o atemperar) algunos males catastróficos, como el altísimo número de muertos en batallas, la destrucción de códices y así buena parte de la Historia y cosmogonía de las Civilizaciones originarias, tesoros (no necesariamente oro y plata) desaparecidos y/o expoliados y aún más, ya que la idea de un Dios (representado en Jesucristo) que se sacrificaba por su grey, era justo lo opuesto a unas deidades que exigían brutales sacrificios humanos a la gente común, para que la vida y sus bondades continuasen.
Otro líder que concibió a un gran México fue un criollo, hijo de ibéricos nacido en la América española y feroz partidario de la causa real, hasta su veleidoso y pragmático cambio de actuar, mismo que posibilitó la independencia de México, esto y no hay que olvidarlo, en la forma de un imperio, así haya sido fugaz (1821 – 1823), antes de una República federal. Lamentablemente sus ambiciones excesivas lo llevaron al paredón, pero el mapa de ese México, al que gobernó por escaso tiempo, ha sido el más grande, y por mucho, que ha tenido México en su Historia.
Así que, así haya sido de formas malogradas, tardías y/ó megalómanas, los dos primeros líderes que imaginaron a un gran México, unido y poderoso, son casualmente dos personajes a los que la Historia oficial ha tenido y tiene, prácticamente en un injusto y hasta ominoso olvido, a no ser por el Presidente López Obrador, que contrario a lo que cualquiera creería, lo incluyó en un billete de circulación nacional ($20 pesos) conmemorativo a la consumación de nuestra independencia, que aunque su figura apenas y se distinga, es el mismo liberador y luego emperador Iturbide el que preside la entrada triunfal a la Ciudad de México plasmada en dicho billete.
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