Acabamos de ver otra acción de gobierno inútil y estéril por parte ahora de la alcaldesa en la Cuauhtémoc, la señora Rojo de la Vega, panista ella y de pobrísima cultura por el simple hecho de conocer su origen y militancia: remover las estatuas, en un parque de la colonia Tabacalera, de Ernesto “EL CHE” Guevara y Fidel Castro, que además de cualquier consideración suponían un atractivo turístico.
Si no comulgan con sus ideales dichas figuras de bronce no tiene por qué retirarlas; ¡basta de retorcer la Historia a contentillo del político en turno! Eso lo hizo mucho Luis Echeverría, quien por decreto simplemente borró (por citar un ejemplo) de un plumazo la figura de uno de nuestros principales libertadores, Agustín de Iturbide, llegando al extremo de afirmar en un discurso que este no había estado en Iguala en los días de la consumación de nuestra Independencia y que Vicente Guerrero si, cuando los hechos ocurrieron exactamente a la inversa.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo se mostró molesta por el retiro de las figuras en bronce de los citados ya, EL CHE y Fidel. Exigió que las entregue al gobierno de la Ciudad. Lo más seguro es que la señora De la Vega ignore que la Revolución cubana fue posible por su organización en México, con la ayuda clave de Don Fernando Gutiérrez Barrios (que por cierto, luego de su renuncia a la SEGOB, el país entró a una zona turbulenta de la cual ni pa´ cuándo salir) y que además, guste o no, fue gracias a la relación México-Cuba que no hubo guerrillas en México financiadas ni por Cuba ni por la extinta URSS a cambio de un apoyo diplomático utilísimo también para mayor de las Antillas, como sí sucedieron guerrillas y juntas militares impuestas en otras naciones (léase los Estados Unidos), y es que así ocurrió con prácticamente todo el subcontinente, intervenciones de un lado y del otro (Cuba/URSS – Estados Unidos).
Volviendo a la presidenta, la Señora Sheinbaum no tiene cara con qué molestarse, ya que se ha dedicado a cambiar nombres de avenidas y calles a capricho, quitando los nombres que A ELLA EN LO PERSONAL no le parecen, como todos los de la llamada Conquista. Lo mismo se deben devolver a su sitio las placas alusivas al presidente Gustavo Díaz Ordaz en el metro, ya que gracias a él es que existe, y que por cierto, nunca se les cayó una sola vez al príato. En fin, la Historia no es a contentillo ni a capricho. ¿O a ella le gustaría que algún gobierno en el futuro la borrase de la Historia? No lo creo.
Por último, y aunque parezca mentira, el primero en atreverse a una cierta reivindicación histórica oficialista a Agustín de Iturbide (el llamado primer imperio) fue Andrés Manuel López Obrador, quien hizo colocar su efigie y su nombre en los billetes de veinte pesos, en el marco de los 500 años de 1821, año de la Consumación de la Independencia, así (ideológicamente) supongan agua y aceite con la del hoy ya expresidente. Es propio de un país bananero ese tipo de infantiles acciones.
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