Guerrero en general, Acapulco en particular. Gobernadores como Astudillo repitieron que el estado es el primer lugar, de los 32, en casi todo aspecto negativo y el último en los positivos; el ya (desgraciadamente) desaparecido José Francisco Ruiz Massieu lo llamó “el estado cabús”, el también ya finado René Juárez, que Guerrero era una situación de seguridad nacional.
El caso es que la entidad es algo así como un país dentro de otro, donde se enseñorean la violencia, la pereza, los vicios, la ignorancia y aún más (los gobernantes actuales no son sino el fiel reflejo de sus Ciudadanos).
Bien se dice que “al perro más flaco se le pegan todas las pulgas”, y el megahuracán Otis lo confirmó. Acapulco, que es la Ciudad qué genera la mayoría de la economía para todo el estado de Guerrero, está en ruinas. Guerrero, sin tener otra fuente de ingresos, se verá en los próximos años en una situación de agravamiento de sus ya lastimosos y añejos problemas.
A Acapulco lo veo, y no quiero parecer exagerado, como Puerto Príncipe (capital de Haití). Así es, como Haití, el llamado país de las ONG por vivir (literalmente) de las limosnas de ONG de distintos países luego del terremoto qué lo destrozó en el 2010.
Mucha gente aún no asimila la gravedad de los problemas que vienen, máxime ya que la “moda” de la desgracia de Acapulco, pase: hambruna, robos, más violencia, aumento del calor por el inmenso daño ecológico y muchos más efectos perniciosos que iremos descubriendo.
Acapulco sólo tendría como diferencia a Puerto Príncipe y a Haití que es miembro de una Federación, y que ésta es relativamente próspera, y que no sólo quedará a merced de unas cuantas organizaciones de la sociedad civil (OSC), sino que contará con la vital ayuda de las partidas presupuestales y el apoyo de la esfera federal. Pero aun así no hay presupuesto que alcance para mantener, sin producir prácticamente nada, a una ciudad y a un estado del tamaño de Acapulco y de Guerrero.
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