¿Ser o no ser un Godínez?

En un mundo en el que todo cabe y en el que día a día se pugna por la igualdad y el respeto a los derechos humanos...

13 de septiembre, 2016

En un mundo en el que todo cabe y en el que día a día se pugna por la igualdad y el respeto a los derechos humanos, en el que resulta cada vez más difícil salir adelante, prosperar, aspirar a un empleo y un salario dignos, es común encontrarse en la televisión parodias de lo que ocurre en la vida real y así es que pasamos de la pesadumbre a la risa, riéndonos de nosotros mismos en un juego cruel en el que consciente o inconscientemente terminamos burlándonos también de los demás y por qué no decirlo: discriminando.

Corría el año de 1958 cuando la televisión vio surgir al personaje de Gutierritos interpretado por el gran actor Rafael Banquells, hombre humilde, trabajador, benevolente en exceso y falto de carácter que sufría el desprecio de su mujer y compañeros de trabajo quienes le gastaban bromas pesadas e incluso, según la historia uno de ellos le roba el crédito de su libro y el amor de una joven bella. En él se retrató al hombre oficinista, asalariado e impopular de aquélla época.

No estoy de acuerdo con las etiquetas en las personas aunque no sea otra cosa más que la aplicación de adjetivos para clasificar o describir a alguien que pertenece a un grupo determinado: fresa, hípster, cholo, punk, intelectual, etc. y en ese sentido, me sorprende que hoy día esté de moda el término Godínez para referirse a la persona oficinista, asalariada y con un horario de trabajo de 9 a 6 de la tarde. Me sorprende no porque sea una idea innovadora pues los jóvenes de los años cincuenta tuvieron en Gutierritos a su personaje de oficina y en los ochenta existió Peritos (interpretado por Luis de Alba). Me sorprende porque estamos viviendo una época de intolerancia a lo diferente, a lo que rompe los paradigmas establecidos que hemos heredado de nuestros padres y abuelos cuyas generaciones se están volviendo obsoletas en algunos aspectos dadas las circunstancias de la vida actual. Y me sorprende aún más porque lejos de ser una tendencia que promueva un cambio de actitud, es como si se aceptara sin más remedio e invitara a los demás a colgarse en automático una etiqueta en tiempos en los que ¡No las queremos ni las necesitamos! Y menos si se trata de un acto que mal intencionado puede derivar en discriminación pues en cierto sentido, denominar a alguien como Godínez es despreciar el estrato al que pertenece pues equivale a la palabra Naco que hace poco causó tanto revuelo al haber sido utilizada por un clasista.

Y de eso se trata esta colaboración porque como bien ha apuntado el señor Eduardo Ruiz-Healy en diferentes ocasiones y momentos en su programa y en su columna diaria, vivimos en una época de transformación del lenguaje y cambiamos las palabras y los términos como si le temiéramos a llamar las cosas por su nombre aunque por otro lado, nos estamos llenando de categorías y clasificaciones según nuestra profesión, nuestro empleo, la forma en que vestimos, lo que leemos, lo que comemos, los pasatiempos que tenemos, las preferencias sexuales, todo; como si una fuerte necesidad de pertenencia nos empujara a categorizarnos en tal o cual grupo.

El asunto es que conformarse con ser un Godínez falto de oportunidades resulta una fatalidad que impide aspirar a una mejor calidad de vida a pesar de que el mundo esté de cabeza y de que la economía penda de un hilo en todos lados o de que nos amenace un desquiciado que odia a los mexicanos, pues es posible vivir mejor por difícil que parezca si tenemos el valor y la astucia para buscar otros caminos, libres de etiquetas y de categorías, de pugnas y confrontaciones como en tiempos en los que todo se resolvía a través de la violencia.

Quizá la revolución de pensamiento y de estructuras sociales que vivimos en la actualidad demanden un cambio que implica romper viejos paradigmas para crear otros nuevos a partir de lo que hoy somos y vivimos pero el asunto se complica cuando la congruencia cede el paso a posturas radicales y dejamos de llamar a las cosas y las situaciones por su nombre pero los sustituimos por otros que igual dividen, discriminan, reducen, violentan o excluyen.

¿Por qué repetir la gastada figura del o la oficinista que come en su escritorio, que siempre llega tarde, que se duerme después de la comida, que lee el periódico o revisa su Facebook mientras el jefe no está, en lugar de dignificar el trabajo que se realiza y el puesto que se tiene, así sea el del vigilante del edificio? Y de aquí, se deriva el asunto de no desempeñar el trabajo con la mejor actitud a pesar del pésimo salario que se recibe a cambio pero esa, es otra historia.

¡Se los dejo de tarea!

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Elizabeth Cruz Ramírez
Elizabeth es mexicana, comunicóloga de formación (las letras y las flores son su lenguaje), especialista en la coordinación y logística de eventos; ama la CDMX y el cine y la danza son su pasión. Sus textos han sido publicados en suplementos, gacetas culturales y sitios electrónicos, entre los más actuales: “Desde lo microscópico” en Woman’Soul (2020), “Las Delicias” en la Antología de la Felicidad” de Editorial BisConVerso (2019), “Reconociéndome Mujer” en el sitio digital DEMAC (2018) y en RuizHealyTimes.com desde 2015. Es autora del libro autobiográfico "Yo, Mamá" de Editorial Acribus (2015). También conduce el programa literario de radio por Internet "La Aventura de Escribir Autobiografía" del FARO Indios Verdes e imparte talleres y charlas dirigidos principalmente a mujeres. Coleccionista de #laspequeñascosas de la vida. Síguela por @arlequincruz79 (twitter) y @eliza.cruz79 (Instagram)




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