Donald Trump logró algo que muchos consideraban imposible: una tregua en Gaza. Después de meses de guerra, destrucción y más de 67 000 palestinos muertos, el alto al fuego del 10 de octubre ofrece un respiro a una población exhausta. Lo sorprendente es que Trump lo consiguió pese a la resistencia del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, quien ha reiterado que no habrá un Estado palestino, y del liderazgo de Hamás, que desconfía de todo. Bajo fuerte presión internacional y con promesas graduales, ambos aceptaron el acuerdo.
Ayer se celebró en Sharm el-Sheikh, Egipto, la Cumbre de la Paz 2025, en donde se firmó el pacto. Asistieron representantes de 34 países, entre ellos los jefes de Estado o de gobierno de Alemania, Azerbaiyán, Baréin, Canadá, Catar, Chipre, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Hungría, Irak, Italia, Jordania, Indonesia, Kuwait, Noruega, Pakistán, Palestina, Reino Unido y Turquía. Al menos doce de ellos encabezan regímenes autoritarios o totalitarios, y dos —el egipcio Abdel Fattah el-Sisi y el turco Recep Tayyip Erdoğan— han sido descritos en el pasado por Trump como líderes fuertes y decisivos, calificativos que pueden interpretarse como una aprobación de su autoritarismo.
También estuvieron los dirigentes de organismos multilaterales como la ONU, la Liga Árabe y el Consejo Europeo. China y Rusia no enviaron delegaciones ni observadores oficiales. La composición de la lista dio a la cumbre un aire de consenso global, aunque en la práctica funcionó más como respaldo político a la tregua impulsada por Trump que como un avance real hacia la paz.
La sesión plenaria con los 34 delegados se realizó a puerta cerrada. Allí se discutieron el futuro gobierno civil de Gaza, la reconstrucción humanitaria y las garantías de seguridad. El resultado fue sobre todo simbólico: Israel no firmó el acuerdo y envió únicamente representación técnica. Hamás aceptó ceder parte de la administración civil de Gaza, pero hasta ahora ha rehusado desarmarse.
Trump proclamó que “empezó el fin del terror” y que “se logró lo que no se pudo en tres mil años”. Su grandilocuente afirmación fue inexacta, porque ni Israel ni Hamás firmaron el documento, y el acuerdo carece de mecanismos reales que garanticen su cumplimiento. Aun así, tuvo un valor simbólico: permitió que la comunidad internacional se alineara —aunque solo por un instante— en torno a la idea de una paz posible.
Este entusiasmo no es nuevo. Carter, Clinton y Bush Jr. también impulsaron acuerdos en Medio Oriente —Camp David, Oslo y la “Hoja de Ruta”— que fueron celebrados como hitos, pero fracasaron porque no atendieron las causas estructurales del conflicto: la ocupación de Palestina, los asentamientos israelíes ilegales, el bloqueo de Gaza y la falta de reconocimiento mutuo. Trump repite ese patrón: promete el fin de la violencia sobre una base tan frágil como la de sus antecesores.
La reunión en Egipto mostró un orden fragmentado: una cumbre dominada por gobiernos autoritarios y una paz aún lejana y precaria. Y, sin embargo, la liberación de los israelíes secuestrados y de miles de palestinos detenidos sin juicio quedó como el primer gesto real de reconciliación: pequeño, frágil, pero más auténtico que cualquier discurso.
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