Diez criminales pertenecientes a la Familia Michoacana y cuatro habitantes de Texcalitlán, Estado de México, murieron violentamente el viernes pasado. Este suceso ocurrió cuando los habitantes de ese lugar, la mayoría campesinos, decidieron no dejarse extorsionar más y se enfrentaron con machetes y algunas armas de fuego contra los delincuentes que les exigían un pago de un peso por cada metro cuadrado sembrado.
El incidente del viernes fue uno más de los muchos eventos violentos que ocurren con demasiada frecuencia desde diciembre de 2006, cuando Felipe Calderón declaró la guerra a la delincuencia organizada.
Según un análisis realizado por la ONG Causa en Común, de enero a septiembre de este año, los medios de comunicación reportaron 5000 atrocidades que resultaron en al menos 10 052 víctimas (es un mínimo porque muchas notas periodísticas no precisan el número de víctimas). La ONG define atrocidad como “el uso intencional de la fuerza física para causar muerte, laceración o maltrato extremo; para causar la muerte de un gran número de personas; para causar la muerte de personas vulnerables o de interés político, y/o para provocar terror”.
Entre estas atrocidades están las masacres y los linchamientos, definiendo la primera como el “asesinato de tres o más personas” y el segundo como la “agresión física cometida por un grupo, turba o multitud contra una persona que provoca su muerte”.
De acuerdo con la ONG, presidida por María Elena Morera y dirigida por José Antonio Polo Oteyza, en los primeros nueve meses del año ocurrieron 355 masacres y 17 linchamientos. ¿Qué fue lo que pasó en Texcalitlán? ¿Una masacre, un linchamiento o ambos en un solo evento?
¿Hasta cuándo será noticia digna de comentario lo que sucedió el viernes? Como en casos similares, dejará de serlo muy pronto debido a un fenómeno inquietante: la normalización de la violencia resultante de una exposición constante y, en algunos casos, abrumadora a actos violentos que se integran en el tejido de nuestra vida cotidiana. La violencia ha alcanzado niveles alarmantes y los actos violentos se repiten tanto que dejamos de percibir su gravedad, y lo que una vez sacudía los cimientos de nuestras comunidades ahora se recibe con una resignación inquietante.
Este fenómeno no se limita a las zonas afectadas directamente por la violencia; se extiende por todo el país a través de los medios de comunicación y las redes sociales, donde la representación frecuente y sensacionalista de la violencia crea una percepción alterada de su prevalencia y gravedad.
La violencia cotidiana afecta a la sociedad mexicana en su conjunto y socava los fundamentos de nuestra cohesión social y salud mental. La normalización de la violencia es un síntoma de una sociedad que necesita desesperadamente soluciones efectivas que, hasta este momento, no se ven.
La violencia no es, ni nunca debe ser, la norma. Como sociedad, debemos resistirnos a la tentación de aceptarla como parte de nuestra vida diaria y trabajar activamente para desmantelar este fenómeno, reconociendo su existencia y enfrentándolo con las herramientas de la justicia, la educación y la rehabilitación. Solo entonces podremos esperar restaurar un sentido de seguridad y paz en nuestras comunidades.
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