En la elección de ayer las redes sociales difundieron un sinfín de quejas. Las más recurrentes se centraban en la impuntualidad de apertura de algunas casillas, con escasas menciones a las decenas de miles que sí abrieron puntualmente a las 8 de la mañana. También circularon videos donde las quejas no se limitaban a la logística electoral, sino que incluían insultos a candidatos de diversos partidos y al expresidente de la SCJN, Arturo Zaldívar. Además, se reportaron supuestas intromisiones de grupos de choque y policías, mientras que se hizo poco eco de las casillas que operaron sin problemas. En el extranjero abundaron las quejas de mexicanos que no pudieron votar porque ignoraban que en cada una de las casillas instaladas en los varios consulados en el extranjero había solo 1,500 boletas para aquellos que por ignorancia o desidia no se registraron previamente.
¿Qué nos dice esto sobre el papel de las redes sociales ayer?
Primero, que las narrativas negativas dominan el escenario. Las quejas y críticas generan más interacción y visibilidad que las historias positivas. Esto se debe a un sesgo cognitivo conocido como “sesgo de negatividad,” donde tendemos a prestar más atención a lo negativo. Los algoritmos de las plataformas priorizan el contenido que genera más interacción, creando una espiral de negatividad.
En segundo lugar, que las redes sociales facilitan un discurso polarizado y cargado de emociones. Las críticas e insultos a figuras públicas reflejan y exacerban la polarización social, mientras que el anonimato en las plataformas fomenta un comportamiento más agresivo.
Tercero, que la rápida propagación de rumores y desinformación, especialmente en momentos de alta tensión como las elecciones, busca generar confusión y miedo entre los votantes, afectando su percepción y participación. La velocidad a la que se difunde la información en redes sociales a menudo supera la capacidad de verificar su veracidad, lo que resulta en la propagación de información falsa o engañosa.
Cuarto, que la normalidad tiende a ser ignorada. Las historias de buen funcionamiento son menos atractivas y, por tanto, reciben menos atención, lo que distorsiona la percepción pública. La constante exposición a problemas y quejas puede crear una sensación de crisis permanente, independientemente de la realidad sobre el terreno. Esta percepción negativa influye en la opinión pública y en el comportamiento electoral.
Finalmente, que las redes amplifican las reacciones emocionales y el contenido conflictivo tiende a volverse viral, intensificando la polarización. Las redes sociales están diseñadas para maximizar la interacción, lo que a menudo significa priorizar contenido emocionalmente cargado. Este contenido viral crea un ciclo de retroalimentación donde la controversia genera más controversia, intensificando la polarización y la división.
Promover una comunicación equilibrada y verificada es esencial para mantener la confianza en el sistema democrático. Por ello, es crucial fomentar un discurso civilizado y respetuoso en estas plataformas. Y ese discurso solo podrá realizarse cuando cada usuario de las redes se tome el tiempo para verificar que es cierto lo que ve y escucha en ellas y resuelva no insultar a quien piensa diferente.
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