En 1938 el ex gobernador y cacique de San Luis Potosí y ex secretario de Agricultura y Fomento, general Saturnino Cedillo, se rebeló contra el gobierno de Lázaro Cárdenas.
Su sublevación duró poco y culminó con su muerte el 11 de enero de 1939 al enfrentarse contra soldados en un lugar de la Sierra Ventana, en San Luis Potosí.
Desde entonces a la fecha ningún militar o político influyente ha intentado derrocar a un presidente.
Durante 89 largos años los mexicanos no hemos tenido que padecer los terribles efectos de un golpe de estado o pronunciamiento militar contra el gobierno.
Estos pronunciamientos o planes se dieron con frecuencia entre 1828 y 1920.
El primero, el Plan de Perote, fue proclamado en septiembre de 1828 por Antonio López de Santa Anna para desconocer el triunfo de Manuel Gómez Pedraza en la elección presidencial del día primero de ese mes. La revuelta militar impidió que éste asumiera el cargo y en abril de 1829 el Congreso declaró presidente a Vicente Guerrero.
El último, el Plan de Agua Prieta, fue proclamado en abril de 1920 por Plutarco Ellas Calles para desconocer el gobierno de Venustiano Carranza. Este golpe de Estado culminó con el asesinato de Carranza, el 21 de mayo y en la elección de Álvaro Obregón como presidente en de septiembre de ese mismo año.
Todo lo anterior viene a cuento porque es mi opinión que muchos, incluido el presidente Andrés Manuel López Obrador, le han dado demasiada importancia al discurso que pronunció el 22 de octubre pasado el general retirado Carlos Gaytán Ochoa, quien de 2006 a 2012 fue subsecretario de la Defensa Nacional.
Gaytán, al dirigirse a un grupo conformado por generales en activo y retirados, entre ellos el secretario de la defensa Nacional, Cresencio Sandoval, dijo, entre otras cosas, que “la ideología dominante, que no mayoritaria, se sustenta en corrientes pretendidamente de izquierda… los frágiles mecanismos de contrapeso existentes, han permitido un fortalecimiento del Ejecutivo, que viene propiciando decisiones estratégicas que no han convencido a todos … Ello nos inquieta, nos ofende eventualmente…”.
Algunos interpretaron sus palabras como una velada amenaza contra el gobierno de AMLO, olvidando que el orador lleva varios años retirado junto con otros generales que estaban en el desayuno. Olvidando también que el Ejército ha demostrado durante décadas su lealtad a la Constitución, a las instituciones y a sus jefes supremos en turno.
El asunto lo complicó después el mismo AMLO. Primero trató de restarle méritos a Gaytán asociándolo con la política de “exterminio” que según él aplicó Felipe Calderón contra los delincuentes. Luego le echó más leña al fuego al escribir lo siguiente en sus redes sociales; “la transformación que encabezo cuenta con el respaldo de una mayoría libre y consciente, justa y amante de la legalidad y de la paz, que no permitiría otro golpe de Estado en nuestro país”.
Bastantes problemas enfrenta el país para que los agraven algunos hablando de golpes de estado quienes tal vez quisieran ver consumado uno contra el gobierno sin tomar en cuenta sus catastróficas consecuencias. AMLO debe ser el primero en evitar entrar en la discusión sobre dicho asunto.
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