Durante mi vida he tenido la oportunidad de conocer a muchos empresarios y ejecutivos y de colaborar con algunos de ellos. La gran mayoría son, o en vida fueron, personas honorables, honestas, decentes y trabajadoras; hombres y mujeres que han invertido su tiempo o su dinero o ambos para crear y hacer crecer un empresa; individuos que han aportado sus ideas, talento y creatividad para generar riqueza, empleos, productos y servicios que satisfacen todo tipo de necesidades humanas; individuos que, en muchas ocasiones, han sacrificado su vida familiar, pasatiempos, salud y, a veces, hasta la vida, para convertir en realidades concretas sus sueños; mexicanos y extranjeros que se la han jugado no solo por ellos, sino por México, generalmente en un ambiente hostil y burocrático creado por un sistema que lo fácil lo vuelve difícil y lo difícil casi imposible.
Empresarios y ejecutivos que, pese a todo y contra todo, han creado negocios honestos y generado trabajos que han permitido a millones de mexicanos vivir decorosamente y, en ocasiones, hasta rodeados de lujos.
Algunos han prosperado, a veces más de lo que jamás se imaginaron; otros han fracasado. Hay quienes superaron un mal momento, otros siguen luchando por salir de la barranca en que cayeron, unos más, desafortunadamente, no pudieron salir.
Por fortuna, son estos hombres y mujeres de negocios los que prevalecen en nuestro país.
Los que son defraudadores, indecentes, deshonestos, tramposos y mentirosos constituyen una minoría. Muchos prosperaron gracias al apoyo recibido por quienes ocuparon u ocupan importantes cargos públicos.
Entre ellos están los que fraudulentamente o por ineptitud quebraron sus empresas y que después fueron rescatados por burócratas que demostraron ser muy espléndidos al entregarles el dinero que originalmente fue de los que pagaron impuestos.
El presidente Andrés Manuel López Obrador critica constantemente, pero sin identificarlos, a estos traficantes de influencias. Los acusa, a veces con razón y a veces sin ella, de haberse robado los bienes del pueblo, de generar riqueza y quedarse con ella, de aprovecharse de la “bondad” de los mexicanos y de explotar con codicia los recursos del país.
Siguiendo la línea de su dirigente o jefe, muchos morenistas y funcionarios de la 4T no dudan en expresar su desprecio hacia los empresarios y ejecutivos del país sin detenerse a pensar que casi todos ellos trabajan en empresas micros, pequeñas y medianas, y no grandes consorcios.
México enfrenta gravísimos problemas y el gobierno no los resolverá sin la colaboración decidida de sus mujeres y hombres de negocios. Por eso, los morenistas y funcionarios deben dejar de agredirlos.
Una lista con los nombres de los vivales que se ostentan como empresarios ocuparía algunas páginas de este periódico; sin embargo, no alcanzaría el papel que hay en el mundo para anotar los de los emprendedores y ejecutivos que son éticos, morales, honestos y profesionales que cada día se la juegan por México y los mexicanos.
Una sociedad prospera materialmente solo si tiene a hombres y mujeres dispuestos a crear y administrar empresas. Al impedirles trabajar y crecer, los populistas atentan en contra del bienestar del pueblo que supuestamente defienden.
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