El secretario de Educación Pública, Mario Delgado, anunció el martes que en 2026 México será declarado “territorio libre de analfabetismo”. Sus palabras muestran que la intención del gobierno es presentar el fin del analfabetismo como un símbolo de avance social, pero la realidad del sistema educativo mexicano es mucho más compleja y preocupante.
Datos difundidos hace unos días por la SEP y la prueba PISA más reciente muestran que la mayoría de los estudiantes de secundaria no domina las habilidades básicas necesarias para avanzar. Apenas una décima parte puede resolver problemas sencillos de geometría y el promedio nacional en matemáticas y lectura sigue muy por debajo de los estándares internacionales. Alfabetizar es un inicio, no una meta final, y si el objetivo es formar ciudadanos capaces de competir en la economía digital, el país está muy lejos de lograrlo.
El contraste con las tendencias globales es brutal. Según la encuesta Future of Jobs 2024 del Foro Económico Mundial, para 2030 los empleos exigirán creatividad, pensamiento crítico, resiliencia, aprendizaje continuo, dominio de la inteligencia artificial y liderazgo colaborativo. Desafortunadamente, el modelo educativo de México continúa anclado en la memorización y el examen, no en la resolución de problemas ni en la comprensión del entorno.
Las universidades mexicanas reciben cada año a miles de alumnos con rezagos profundos. Deben invertir recursos en cursos remediales para enseñarles a los estudiantes lo que deberían haber aprendido antes. En muchos casos, estos programas sólo maquillan el problema: mejoran temporalmente la comprensión lectora o las operaciones básicas, pero no transforman la capacidad de razonamiento ni la curiosidad intelectual.
A esta deficiencia se suma un obstáculo casi estructural: el bajo dominio del inglés. Estudios recientes indican que el 79% de los estudiantes de secundaria no lo hablan ni lo entienden, y aun en escuelas privadas la cifra ronda el 73%. En un mundo donde la ciencia, la tecnología y los negocios se comunican en inglés, esta carencia impide acceder a información técnica, certificaciones y oportunidades laborales bien remuneradas. La falta de dominio de un idioma global limita no solo el empleo, sino también la capacidad del país para integrarse en las cadenas de valor y en la economía del conocimiento.
Por eso, la meta de Mario Delgado, aunque bienintencionada, corre el riesgo de quedar en un logro de papel. Declarar a México “libre de analfabetismo” no equivale a construir una sociedad educada y preparada para enfrentar con éxito los nuevos retos. Alfabetizar no garantiza la comprensión lectora, el pensamiento crítico ni la adaptación al cambio tecnológico. En el mejor de los casos, será un avance parcial; en el peor, un acto de propaganda que oculte la profundidad de la crisis educativa.
La alfabetización debe ser solo el piso mínimo sobre el cual levantar una nueva arquitectura educativa: creatividad, pensamiento sistémico, aprendizaje autónomo, alfabetización digital, liderazgo, dominio del inglés y evaluación basada en competencias. De nada servirá enseñar a leer si los estudiantes no aprenden a entender, a cuestionar y a crear.
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