El Comité Nobel de la Paz no premia al fuerte o estridente, sino a quien reduce la violencia y une adversarios. Por eso resulta insostenible afirmar que Donald Trump merecía ese galardón: su estilo de gobierno, que privilegia la coerción, el armamentismo y la división interna, contradice los principios fundacionales del premio creado por Alfred Nobel —fraternidad entre naciones y reducción de conflictos—. La paz no se edifica con amenazas comerciales ni con retórica de “paz a través de la fuerza”; se construye con confianza, reglas y respeto al disenso.
El Comité reconoció el viernes pasado a María Corina Machado por su “trabajo incansable promoviendo derechos democráticos para el pueblo de Venezuela y por su lucha por una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. Es la descripción de una trayectoria de resistencia cívica no violenta y de altísimo riesgo personal. En un entorno de persecución, inhabilitaciones y cárcel para opositores, ella mantuvo viva la organización ciudadana y unificó a una oposición históricamente fragmentada en torno a una exigencia básica: elecciones libres y representativas. Esa capacidad de convertir la indignación en causa común, bajo represión, es exactamente el tipo de liderazgo civil que el Nobel suele exaltar.
Machado articuló redes ciudadanas, defendió el voto como herramienta de cambio y sostuvo un discurso de transición pacífica. Su caso demuestra que la paz también es institucional: pasa por restaurar el Estado de derecho, frenar la violencia estatal y abrir cauces democráticos. Ese es el mensaje que el Comité quiso enviar a Caracas y a otros regímenes autoritarios: el valor de la valentía civil frente a la fuerza bruta.
A diferencia de la diplomacia transaccional de Trump —que confunde acuerdos coyunturales con paz duradera— la contribución de Machado es una apuesta por reglas y libertades que reducen el conflicto a largo plazo. No busca imponer, busca persuadir. No premia la amenaza, sino el consenso. No exalta la victoria de unos sobre otros, sino la convivencia entre distintos.
Otorgar el Nobel a Trump habría sido premiar la intimidación como diplomacia. Otorgárselo a Machado reivindica la esencia del premio: recordar que el coraje que cambia la historia no es el de quien manda callar, sino el de quien abre espacios para que otros hablen. La paz no se decreta ni se negocia con miedo. La paz no se impone; se merece. Y Machado la mereció.
Sin embargo, que Machado dedicara el Nobel a Trump le abre un flanco político delicado, donde el riesgo de que la acusen de “títere” o “aliada” de Trump es real. El chavismo y sus aliados —Cuba, Nicaragua, Rusia e Irán— seguramente explotarán esa dedicatoria para deslegitimarla y presentarla como instrumento de EEUU. En América Latina, donde Trump es una figura divisiva, el gesto podría restarle simpatías entre sectores progresistas que apoyan la transición democrática pero rechazan el trumpismo.
Racionalmente, su dedicatoria no invalida los méritos que justificaron el premio, pero deberá cuidar su narrativa: enfatizar que su lucha es por los venezolanos, no por ningún aliado extranjero. El Nobel es suyo por mérito propio, por lo que ahora deberá cuidar más que nunca un premio que otros galardonados antes que ella traicionaron.
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