La disputa entre Colombia y Estados Unidos del fin de semana pasado es un hecho inesperado y sorprendente que debe servir de advertencia para cualquier país que desafíe las decisiones, o peor aún, los caprichos de Donald Trump. La abrupta revocación de permisos de aterrizaje para aviones estadounidenses cargados con migrantes deportados por parte del presidente colombiano Gustavo Petro, y la respuesta de Trump, revelan las tensiones entre dependencia económica y soberanía política.
Todo comenzó cuando Petro, en un gesto inusual, prohibió la llegada de vuelos militares y del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que transportaban migrantes colombianos deportados desde California. Justificó su decisión aludiendo a la dignidad de los deportados, especialmente al ser trasladados en aeronaves militares. Lo que parecía un acto de resistencia simbólica desencadenó la furia de Trump, quien respondió con un arsenal de medidas coercitivas: amenazas de aranceles de hasta el 50% sobre productos colombianos, sanciones de visa a funcionarios y controles aduaneros más estrictos.
La lección fue clara y contundente: la dependencia económica de Colombia, donde el 27% de sus exportaciones tienen como destino EEUU, limitó sus márgenes de maniobra. Al final, la presión de Trump resultó abrumadora. Petro aceptó las condiciones impuestas: vuelos sin restricciones, tanto civiles como militares, y la recepción de todos los migrantes deportados.
El caso deja múltiples lecciones. Primero, evidencia que Trump maneja la política exterior con la misma lógica transaccional y agresiva con la que negocia acuerdos comerciales. No hay espacio para concesiones ni matices: o aceptas sus condiciones o enfrentas un castigo económico. Segundo, confirma la vulnerabilidad de los países ante EEUU. La amenaza de aranceles o sanciones es suficiente para doblegar incluso a los gobiernos más reticentes.
Más preocupante aún, este episodio establece un precedente. Si Colombia, pese a su rol estratégico en la región, no pudo resistir la presión, ¿qué esperanza tienen otras naciones? Este patrón podría replicarse con México, donde la creciente presión migratoria y los acuerdos dentro del T-MEC podrían ser el próximo campo de batalla en la agenda de Trump.
El mensaje para América Latina es claro: la falta de integración económica regional y la excesiva dependencia de EEUU colocan a la región en una posición desventajosa. Mientras los países sigan actuando de forma aislada, serán presa fácil de las estrategias de presión estadounidenses.
El episodio entre Colombia y EEUU no es un hecho aislado; es una advertencia sobre el futuro de las relaciones diplomáticas en una era de políticas exteriores dominadas por el pragmatismo extremo. Aquellos que desafíen a Trump deben estar preparados para pagar el costo, porque en su mundo no hay lugar para la resistencia sin consecuencias.
Ayer, al ser cuestionada sobre el tema, la presidenta Claudia Sheinbaum, en contraste con la postura que quizá habría asumido su antecesor, evitó tomar partido, celebró el acuerdo entre Colombia y EEUU y resaltó la importancia del diálogo. Enfatizó el respeto mutuo entre países y evitó recomendar qué hacer a otros gobernantes, salvo actuar con prudencia y con “la cabeza fría”.
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