“Desafortunadamente, creo que vale la pena asumir el costo de algunas muertes por armas de fuego cada año para preservar la Segunda Enmienda y proteger así nuestros demás derechos dados por Dios.”
Así lo dijo Charlie Kirk. Lo creía. Lo repetía. Lo celebraba. La ironía, brutal, es que él mismo se convirtió en una de esas muertes. Asesinado de un balazo el miércoles pasado en Utah, en el país más armado del mundo, víctima de la cultura de violencia que ayudó a normalizar.
Kirk no fue un funcionario, ni un académico, ni un estadista. Fue un agitador ideológico de 31 años, sin estudios universitarios ni cargo público, que supo manipular miedos, frustraciones y odio para construir poder. Desde su organización Turning Point USA y sus redes, erigió una plataforma de desinformación: mintió sobre elecciones, salud, vacunas, Covid, migración, historia y educación. Mintió sabiendo que mentía, incluso tras ser desmentido.
Pero no fue solo un mentiroso. Fue también un racista: promovió la teoría del “Gran Reemplazo”, acusó a políticas de equidad de “discriminar a los blancos”, trivializó a Martin Luther King y llamó “terroristas” a los integrantes del movimiento Black Lives Matter. Su propósito era defender los privilegios de una mayoría temerosa de perder poder.
Y como todo demagogo, simplificó lo complejo, incendió los debates, dividió al país en “nosotros” contra “ellos”. No argumentaba: agitaba. No proponía: provocaba. No informaba: manipulaba.
Por eso, cuando Donald Trump ordenó izar las banderas a media asta, no fue solo un duelo. Fue una canonización. Ahora anuncia que le otorgará póstumamente la Medalla Presidencial de la Libertad, como si su legado fuera el de un defensor de los derechos civiles. Esa condecoración no se justifica. La deslegitima. El analista Matthew Dowd dijo: “Los pensamientos de odio llevan a palabras de odio, lo que luego conduce a acciones de odio. Y creo que ese es el ambiente en el que estamos. No puedes quedarte solo con estos pensamientos horribles que tienes y luego decir estas palabras horribles y no esperar que sucedan acciones horribles”. MSNBC lo despidió y emitió disculpas por su comentario, calificándolo de “inapropiado, insensible e inaceptable”.
Y mientras unos lo lloran y otros callan, la violencia política verbal en EEUU se convierte en violencia física. Kirk no es el único muerto. El odio ya no se queda en podcasts: se traduce en amenazas, balas, sangre. Vienen tiempos peligrosos. Y Trump no los detiene: los promueve, los necesita.
México no debe ignorar la reacción de Trump. Endiosar a Kirk es legitimar el discurso que desprecia a México, a los migrantes, a los latinos y a los acuerdos internacionales. Días antes de morir, dijo: “La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, es una amenaza mayor para EEUU que Vladímir Putin. Probablemente está causando más estragos en EEUU que los que Putin ha causado”. Y agregó: “De todos los líderes mundiales, creo que la que más detesto es la presidenta de México”.
Cuando el espectáculo reemplaza a la verdad, los mentirosos y los demagogos se convierten en mártires. Y cuando nadie se atreve a denunciarlos, la violencia crece, los muertos aumentan y el precio que paga la sociedad se vuelve inaceptable.
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