En su artículo del 5 de febrero en el diario The New York Times, el investigador Will Freeman critica las estrategias de Donald Trump contra el narcotráfico, pero no ofrece alternativas efectivas.
Lejos de innovar, las estrategias de Trump y las que sugiere Freeman reciclan la Guerra contra las Drogas iniciada en 1971 e ignoran que el problema principal es la demanda y que los cárteles se adaptan con rapidez, reemplazando laboratorios y líderes sin perder capacidad operativa.
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La guerra está perdida. Entre 2018 y 2022, más de 250,000 personas murieron por sobredosis de fentanilo en EEUU, prueba de que atacar la oferta no reduce el consumo. Como señaló el viernes pasado la presidenta Claudia Sheinbaum, el gobierno de EEUU debería atacar el problema en su propio país, enfocándose en la reducción de la demanda y el tráfico de armas que alimenta la violencia en México.
Además la guerra es costosa. EEUU gasta 35 mil millones de dólares al año en ella, mientras que a México el impacto económico del crimen organizado le cuesta cientos de miles de millones de dólares cada año.
Entonces, si la prohibición ha fracasado y permitido que los cárteles sean cada vez más ricos y poderosos, ¿por qué no optar por la legalización?
Portugal, tras despenalizar todas las drogas en 2001, aumentó en 20% el número de personas en tratamiento y disminuyó las muertes por sobredosis y la saturación carcelaria. En Oregón, la despenalización de 2020 redujo en 95% las condenas por posesión y amplió el acceso a rehabilitación. Y, después de legalizar la mariguana, Colorado ha recaudado más de 1,000 millones de dólares en impuestos, dinero destinado a educación y salud.
EEUU mantiene la prohibición porque la guerra contra las drogas es un negocio multimillonario para varias de sus industrias. La de seguridad y defensa vende equipo militar a agencias antidrogas y armamento a la policía. Las prisiones privadas lucran con el encarcelamiento masivo de consumidores y pequeños traficantes. Las farmacéuticas protegen su mercado de opioides legales, los mismos que han contribuido a la crisis del fentanilo. Los fabricantes de armas venden tanto a fuerzas de seguridad como al crimen organizado (el 70% de las armas decomisadas a cárteles en México provienen de EEUU). Los bancos lavan dinero del narco prefiriendo pagar multas mínimas en comparación con sus ganancias.
En otras palabras, EEUU no busca ganar la guerra sino perpetuarla porque es demasiado rentable para abandonarla.
Algunos proponen que México legalice unilateralmente, pero los tratados internacionales lo obligan a mantener la prohibición y EEUU seguramente impondría sanciones más severas que las actuales. Además, sin programas sólidos de prevención y rehabilitación en ambos países, la legalización aumentaría el consumo. Cualquier intento de legalización debe ser parte de una estrategia binacional.
Si Trump realmente quisiera acabar con el narcotráfico, comenzaría por legalizar las drogas en su país y tratar su consumo como un problema de salud pública. Pero eso no ocurrirá mientras combatir al narcotráfico siga siendo rentable para industrias que financian las campañas de un gran número de políticos estadounidenses, sean republicanos o demócratas.
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