Ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum desestimó abiertamente el pronóstico del Fondo Monetario Internacional (FMI), que anticipa una contracción de 0.3% para la economía mexicana en 2025. “No sabemos en qué se basan, no coincidimos”, dijo con firmeza.
Defendió, en cambio, el pronóstico de la Secretaría de Hacienda, que proyecta un crecimiento de entre 1.5% y 2.3%, impulsado por su “Plan México” que debe traducirse en más inversión pública, infraestructura y fortalecimiento de la producción nacional. Su respuesta no fue superficial: defendió su modelo económico con fundamentos claros y una visión de desarrollo soberano frente al pesimismo externo.
Sin embargo, la divergencia entre los dos escenarios no puede ignorarse. Basta revisar los últimos diez años para entender que ni el FMI ni la SHCP han sido inmunes al error. Ambos fallaron en 2019, cuando sobrestimaron una economía debilitada por decisiones políticas internas. Ambos fracasaron en 2020, cuando no anticiparon el COVID-19.
Sus aciertos también han sido ocasionales: el FMI atinó en años de estabilidad global como 2015, 2016, 2023 y 2024, mientras que Hacienda captó mejor las dinámicas internas en 2021 y 2022.
Un análisis cuantitativo lo confirma: el Error Absoluto Medio de la SHCP fue de 1.70%; el del FMI, de 1.62%. (Este error es el promedio de la diferencia absoluta entre el crecimiento real y el pronosticado, calculado en este caso a lo largo de los 10 años entre 2015 y 2024). Es decir, el FMI fue marginalmente más preciso, gracias a sus revisiones oportunas y a un mejor desempeño en años estables.
Más allá de sus diferencias, lo importante es reconocer las fortalezas de ambos modelos. El del FMI incorpora de manera sólida las tendencias globales, los flujos de comercio y los riesgos sistémicos. El de la SHCP considera mejor las variables locales: remesas, informalidad, consumo interno e inversión pública.
Cada uno tiene un propósito distinto. Por eso, el desacuerdo actual debe interpretarse como el reflejo de dos visiones diferentes sobre el rumbo de la economía mexicana.
La presidenta, al defender el modelo de su gobierno, está respaldando un programa económico que considera viable.
Su escepticismo hacia el FMI no es nuevo ni injustificado. Desde hace décadas, los organismos multilaterales han subestimado el potencial de las economías emergentes y han impuesto lecturas conservadoras de sus capacidades. Es legítimo y saludable que ella cuestione esas visiones desde una postura técnica y no, como lo hacía Andrés Manuel López Obrador, descalificando al organismo por ser, según él, neoliberal.
Sin embargo, el contexto actual exige ser cautos. En 2024, Hacienda proyectó un crecimiento de hasta 3.5%, pero el resultado final fue 1.5%. Ese margen de error no se puede ignorar.
Frente a un 2025 marcado por aranceles, desaceleración global y tensiones políticas, ningún escenario puede darse por hecho. Ni el FMI ni Hacienda tienen toda la razón.
Lo deseable no es escoger un pronóstico y descartar el otro, sino entender que ambos ofrecen pistas sobre riesgos distintos. El reto para Claudia Sheinbaum no es demostrar que el FMI se equivoca, sino lograr que su estrategia funcione y que los resultados le den la razón.
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