Al final de cada sexenio, los presidentes mexicanos se enfrentan al inevitable “síndrome del sexto año”, una suerte de maldición que parece marcar el legado de sus gobiernos. Este fenómeno, lejos de ser un mito, ha marcado con fuerza y consistencia el último tramo de los mandatos presidenciales y el del presidente Andrés Manuel López Obrador no será la excepción.
Desde 1982, el “síndrome del sexto año” afectó así a cada presidente:
Miguel de la Madrid (1982-1988): Su sexenio concluyó bajo la sombra de una severa crisis económica, exacerbada por la caída de los precios del petróleo y el devastador terremoto de 1985, eventos que pusieron a prueba la capacidad del gobierno para manejar desastres y recesiones.
Carlos Salinas (1988-1994): Aunque logró estabilizar la economía y firmar el TLCAN, el “error de diciembre”, el levantamiento zapatista y el asesinato del elegido para sucederlo, Luis Donaldo Colosio, marcaron profundamente el fin de su mandato, dejando un país económicamente frágil y socialmente dividido.
Ernesto Zedillo (1994-2000): Ocasionó el “error de diciembre” que llevó al país a una profunda recesión económica y una crisis de deuda que limitaron severamente su capacidad para lograr reformas significativas y restaurar la confianza en el gobierno.
Vicente Fox (2000-2006): El primer presidente de la oposición después de 71 años dejó grandes expectativas no cumplidas y parálisis legislativa, lo que minó su popularidad y limitó su capacidad para implementar cambios profundos.
Felipe Calderón (2006-2012): Su guerra contra el narcotráfico incrementó dramáticamente los niveles de violencia en México, un legado de seguridad desafiante que dejó una huella indeleble en su administración y en la percepción pública de su gobierno.
Enrique Peña Nieto (2012-2018): Escándalos de corrupción, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y la llamada “Casa Blanca” de su entonces esposa, la actriz Angélica Rivera, así como una economía estancada, empañaron su sexenio.
A medida que nos acercamos al final del gobierno de AMLO, es imposible ignorar las lecciones que estos ejemplos proporcionan. Cada uno de estos presidentes enfrentó, en su último año, desafíos que no solo pusieron a prueba su liderazgo, sino que también marcaron la transición hacia la siguiente administración, dejando lecciones valiosas sobre la importancia de la resiliencia gubernamental, la adaptabilidad y la necesidad de mantener un diálogo abierto con todos los sectores de la sociedad.
El legado de estos sexenios demuestra que, más allá de las políticas individuales, la gestión de las crisis y la capacidad para unir a un país son los verdaderos desafíos que definen el “síndrome del sexto año”. La historia nos muestra que la fortaleza de una administración se mide no solo por sus éxitos, sino también por su capacidad para navegar las aguas turbulentas del último año en el poder.
Hasta el momento, todo parece indicar que una manifestación del síndrome del sexto año de AMLO será su insistencia en seguir dividiendo al país y hacernos creer que el gobierno de Claudia Sheinbaum, si ella gana la elección del 2 de junio, será solo una continuación del suyo. El rompimiento entre ambos, que muy probablemente se dará, caracterizará el fin de su gobierno.
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