La presidenta Claudia Sheinbaum demostró hace unos días que la adaptación política no tiene por qué significar la renuncia a los principios. Su estilo de gobernar, más pragmático y basado en evidencias que el de su antecesor, quedó en evidencia con su postura frente a las deportaciones masivas anunciadas por Donald Trump.
Inicialmente, su postura fue clara y contundente: el 27 de diciembre, declaró que “Estados Unidos debería repatriar a los migrantes a sus países de origen”. Esta afirmación, aunque bien intencionada, parecía ignorar las complejidades logísticas y políticas que implicará la medida que Trump prometió llevar a cabo desde el primer día de su gobierno.
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Sin embargo, apenas una semana después, el 3 de enero, Sheinbaum ajustó su mensaje. Reconociendo que “no todo depende de lo que nosotros decidamos”, planteó un enfoque más flexible: solicitará a EEUU que, en la medida de lo posible, deporte a los migrantes no mexicanos a sus países de origen. Y si esto no es viable, “nosotros podemos colaborar a través de distintos mecanismos”, afirmó. Este cambio no solo suaviza su postura inicial, sino que también deja entrever una capacidad para aceptar las limitaciones de la influencia mexicana en las decisiones del gobierno estadounidense.
El cambio más notable en su discurso, sin embargo, fue su disposición a recibir a migrantes no mexicanos. En un país donde el debate migratorio está plagado de prejuicios y tensiones, esta declaración muestra una visión menos restrictiva y más acorde con los principios humanitarios que han caracterizado, al menos en el discurso, la política migratoria mexicana.
El realismo de su frase “no todo depende de lo que nosotros decidamos” contrasta con el estilo de otros líderes que prefieren discursos absolutos y promesas imposibles. Ella acepta públicamente que la influencia de México frente a EEUU tiene límites, algo que no suele ser popular en la retórica política. Esta admisión, lejos de debilitar su posición, refuerza su imagen como una gobernante pragmática que entiende cómo funcionan las relaciones internacionales.
Más allá de las palabras, la presidenta también destacó la existencia de un plan concreto para recibir a los deportados: “Aquí los vamos a recibir y los vamos a recibir bien, y tenemos un plan”, afirmó el viernes, sin explicar en qué consiste dicho plan. Esta declaración cambia la narrativa de una postura reactiva a una estrategia anticipativa. A diferencia de sus antecesores, ella parece dispuesta a tomar medidas preventivas en lugar de simplemente enfrentar las crisis cuando ya son inevitables.
La transición de su postura inicial del 27 de diciembre a la actual, sin abandonar sus principios humanitarios, refleja un liderazgo adaptativo que pocas veces se ve en la política. Ella no parece estar interesada en prometer lo imposible; más bien, está enfocada en encontrar soluciones realistas dentro de un contexto complejo.
En conclusión, Claudia Sheinbaum demuestra que el realismo y el pragmatismo son esenciales para enfrentar desafíos tan monumentales como la crisis migratoria. Su capacidad para ajustar sus decisiones en un contexto internacional cambiante es un recordatorio de que la política efectiva es necesaria para enfrentar los desafíos actuales.
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