El martes pasado millones de personas alrededor del mundo vimos el supuesto debate que en Cleveland sostuvieron los dos candidatos a la presidencia estadounidense: el republicano Donald Trump y el demócrata Joe Biden.
Y digo supuesto porque en vez de ser lo que debió haber sido (una confrontación de ideas y defensa de planes de gobierno) resultó un espectáculo circense dominado por un payaso irrespetuoso que no dejó de hablar ni permitió que los demás lo hicieran.
Trump no respetó una de las reglas que para el evento habían aceptado sus representantes: responder en un máximo de dos minutos las preguntas que le hiciera el moderador y permitir que su oponente también contestara dentro de ese límite de tiempo las que se le hicieran a él.
Lo que presenciamos fue a un tipo que acaparó gran parte de los 90 minutos que duró el evento, que no respondió a la mayoría de las preguntas que se le hicieron, que mintió sin la menor vergüenza cuando presumió de sus supuestos logros o al acusar a Biden o a su hijo Hunter de cometer delitos que nunca fueron probados, y que irrespetuosamente interrumpió a éste apenas empezaba a decir algo.
Pasados no más de 10 minutos del evento quise cambiar de canal, pero por obligación profesional seguí viendo lo que para mi y seguramente para millones fue un espectáculo desagradable que muestra la degradación de la democracia en un país que se jacta de ser el líder del mundo libre.
Peor aún fue ver al jefe de Estado y de gobierno de un país que supuestamente es líder mundial de la democracia, cuestionando la integridad de su propio sistema electoral que, con todo y sus defectos, ha permitido la realización de elecciones federales y locales y transiciones pacíficas del poder.
Estas elecciones se vienen llevando a cabo desde junio de 1777, cuando fue electo el primer gobernador de Nueva York; casi 12 años después, en enero de 1789, George Washington fue electo como el primer presidente del país.
Desde entonces hasta ahora los que perdieron una elección, local o federal, aceptaron su derrota y cedieron su cargo al ganador. Si creyeron que había motivos para impugnar algún resultado lo hicieron utilizando los recursos legales a su disposición.
El martes, Trump insistió nuevamente en que si él pierde la elección de noviembre venidero, será solo porque se cometió un fraude descomunal, sin que le importe que hace una semana el director general del FBI, Christopher A. Wray, declaró ante el Senado que no existe evidencia que avale lo que dice su jefe.
El republicano no solo cuestionó la integridad del sistema electoral sino que se negó a condenar a los grupos supremacistas blancos y ultraderechistas que lo apoyan. Es más, a uno de estos grupos, Proud Boys, los instó a seguir adelante.
Después del evento circense del martes, queda claro que, como un buen populista, Trump hará todo para mantenerse en el poder aunque para lograrlo se enfrenten a balazos sus seguidores y detractores.
La situación se puede volver trágica porque en Estados Unidos hay más armas que personas, algo así como cinco armas por cada cuatro habitantes, incluyendo a menores de edad.
El circo de Cleveland demostró que es probable que, después de casi 250 años, el actual sistema político estadounidense llegue a su fin dentro de unas cuantas semanas.
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