El asesinato de Carlos Manzo, alcalde independiente de Uruapan, el sábado pasado, volvió a exhibir la fragilidad del Estado mexicano. Lo mataron frente a su familia, a pesar de contar con protección federal. Pero el horror del crimen no solo está en el homicidio, sino en lo que vino después: la guerra por el relato.
En cuestión de horas, X se llenó de mensajes de condolencia, furia y propaganda. En ese torrente se confundieron las emociones humanas con los cálculos partidistas. De 28 mensajes de personajes políticos y sociales que detecté hasta las 13:00 horas de ayer, solo unos pocos parecieron nacidos del corazón.
Las voces más sinceras fueron las de Ceci Flores, madre buscadora, que escribió desde el dolor; la alcaldesa de Cuauhtémoc, CDMX, Alessandra Rojo de la Vega, que habló con indignación ética; el activista Adrián Le Barón, que apeló a la memoria moral; el exembajador de EEUU y hoy subsecretario de Estado adjunto, Christopher Landau, que fue humano y respetuoso; y la diputada panista Margarita Zavala, que recordó a Manzo con cercanía personal. En todos ellos hubo una verdad emocional que la política ya casi no conoce.
En contraste, los mensajes institucionales —de la presidenta Claudia Sheinbaum, de su gabinete, de gobernadores o de la Iglesia— fueron correctos, medidos, pero fríos. Cumplieron con el deber, no con la empatía. La presidenta habló con firmeza, pero su demora de once horas diluyó el impacto.
Y luego están los calculadores. Los priistas Alejandro Moreno y Rubén Moreira, la panista Lilly Téllez y la morenista Luisa María Alcalde usaron el duelo para su propia narrativa. Uno atacó, otro difundió el video del asesinato, otra insultó, y la última se defendió. En todos, la emoción fue un disfraz del interés.
El resto osciló entre la prudencia y el silencio. Los panistas Jorge Romero y Kenia López Rabadán cumplieron con sobriedad institucional. Pero la ausencia de tantas voces de Morena fue estridente: callar también comunica.
En X, el juicio fue inmediato. Entre el 1 y 2 de noviembre, más de 300 posts analizados por Grok mostraron un patrón inequívoco: ocho de cada diez responsabilizaban a la presidenta Sheinbaum, en un torrente de enojo y desconfianza que cruzó partidos y clases sociales. Los hashtags #FueraSheinbaum y #JusticiaParaManzo dominaron la conversación nacional. La indignación aparentemente fue orgánica y surgió del hartazgo ante la impunidad.
Si el gobierno no da resultados pronto, este crimen puede volverse, como los de Colosio o Ayotzinapa, un punto de quiebre en la narrativa oficial. Porque el problema no es solo la violencia: es la distancia emocional del poder frente a la muerte.
El asesinato de Carlos Manzo mostró tres tragedias paralelas: la de un país donde la violencia ya no sorprende; la de unas redes sociales que juzgan, condenan y linchan sin información suficiente, pero con una furia desbordada; y la de una clase política incapaz de sentir. En México, la sinceridad se ha vuelto un acto de resistencia, y la empatía, un bien tan escaso como la justicia.
La muerte de Manzo no solo obliga a investigar y castigar, sino a escuchar. Porque si el poder no aprende a hablar con humanidad, terminará gobernando sobre ruinas emocionales: un país donde las palabras oficiales ya no consuelan a nadie.
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