Empezó a sesionar ayer el 116º Congreso de los Estados Unidos de América, en donde la composición de sus dos cámaras quedó definida por las elecciones federales intermedias realizadas el 6 de noviembre del año pasado.
Así, el Senado sigue bajo el control de los Republicanos, con 52 legisladores contra 48 Demócratas e Independientes, mientras que el Congreso ahora tiene una mayoría Demócrata, con 235 de los 435 escaños.
Seguramente ambos partidos seguirán enfrentándose encarnizadamente, como lo han hecho desde siempre, pero con una agresividad que ha ido en aumento desde que el Republicano Ronald Reagan llegó a la presidencia estadounidense en 1981, para ahora alcanzar niveles nunca vistos desde que Donald Trump ganó la candidatura presidencial del Partido Republicano, primero, y la presidencia de su país, después.
La polarización que divide cada vez más a los partidos políticos estadounidenses se observa en el cierre parcial del gobierno federal que empezó el 22 de diciembre pasado, después de que el Congreso no fue capaz de aprobar un presupuesto que permitiera al gobierno contar con los recursos económicos necesarios para seguir funcionando hasta el mes de febrero.
800,000 burócratas federales han sido obligados a trabajar sin recibir sus sueldos desde el cierre. Ni los Republicanos encabezados por Trump ni los Demócratas dirigidos por sus líderes legislativos aceptan renunciar a sus respectivas posiciones.
Trump exige que en el presupuesto se incluyan 5,000 millones de dólares para construir parte de su muro fronterizo; Nancy Pelosi y Chuck Schumer, líderes de los congresistas y senadores Demócratas respectivamente, solo aceptan que se destinen 1,300 millones de dólares al rubro de seguridad fronteriza.
Ahora bien, pese a sus inmensas diferencias ideológicas, tanto los representantes como los senadores demostraron una gran civilidad durante los eventos en donde asumieron sus cargos.
A diferencia de lo que desde hace años hemos visto en ambas cámaras del Congreso de la Unión mexicano, ayer en Washington no hubo toma de la tribuna ni gritos, ni mentadas de madre, ni descalificaciones mutuas, ni pancartas. Tampoco se vio a un grupo de legisladores abandonar un recinto parlamentario para protestar contra algo que no les pareció.
Los legisladores estadounidenses se trataron ayer con respeto. Nancy Pelosi fue electa presidenta de la Cámara de Representantes sin que los Republicanos armaran un gran lío o protestaran porque no les cae bien. En su discurso, la californiana pidió unidad, que bien sabe no se dará, pero por lo menos la pidió. También se refirió favorablemente a dos presidentes estadounidenses en su discurso: a Reagan, que a diferencia de Trump defendió la llegada de inmigrantes a su país, y al recientemente fallecido George H. W, Bush (papá Bush), que en alguna fase de su carrera política (de 1967 a 1971) fue representante por el 7º distrito electoral de Texas.
La civilidad que hacia sus opositores demostraron ayer los legisladores gringos, es un ejemplo a seguir por muchos de nuestros senadores y diputados federales y locales, que en ocasiones parecen ser bravucones de cantina y no representantes de todos los mexicanos. Al faltarse el respeto, nos faltan el respeto a quienes les pagamos sus nada despreciables sueldos.
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