La Junta de Gobierno del Banco de México se reunirá mañana para decidir si continúa recortando la tasa de interés —hoy en 8.5%— o si hace una pausa ante el reciente repunte inflacionario y el incierto panorama global. Aunque la mayoría de los analistas apuesta por otro recorte de 50 puntos base, el contexto geopolítico y el temor a elevar aún más la inflación han generado un escenario de voto dividido, donde una minoría podría no apoyar una nueva reducción.
Después de cinco meses consecutivos de baja, la inflación anual en México repuntó en mayo y se ubicó en 4.42% y en la primera quincena de junio llegó a 4.51%. Lo grave no es solo el dato, sino su trayectoria ascendente: en diciembre de 2024 era 4.21%, bajó a 3.59% en enero y desde entonces ha subido sin interrupción. Ese 4.51% acabó con los sueños optimistas del gobierno y del banco central que aspiraban a ver la inflación en 3% hacia el tercer trimestre.
Los datos difundidos el 24 de junio por el INEGI confirman lo que todos saben: los precios volvieron a subir. La inflación subyacente, que excluye productos más volátiles, aumentó a 4.2%—prueba de que el problema no es estacional ni pasajero.
El subgobernador del Banxico, Jonathan Heath, ha advertido que este repunte obliga a una pausa en los recortes. Si el 26 de junio la Junta decide bajar la tasa a 8.0%, quedaría cerca de un nivel en que ya no serviría para contener precios —especialmente porque la inflación ya superó el techo del rango objetivo del banco— y perdería margen ante choques locales o externos. Además, mandaría el mensaje equivocado de complacencia cuando se necesita firmeza.
Heath no habla al tanteo: en septiembre de 2024 votó en contra de bajar la tasa, mientras la mayoría de los integrantes de la Junta lo hizo a favor. En febrero pasado también pidió recortar menos. Su postura no es dogmática: es realismo. La inflación sigue viva y persiste en los bolsillos de las familias.
Quienes insisten en bajar más la tasa dicen que eso reactivará la economía. Se equivocan porque el entorno actual está marcado por aranceles de Trump, desaceleración global, EEUU débil y México que apenas creció 0.2% en el primer trimestre. No es una recesión abierta, pero se le parece. Reducir la tasa no resolverá nada porque los problemas son estructurales: informalidad, falta de acceso al crédito para pymes, inseguridad jurídica, desconfianza inversora.
Una baja de tasas abarataría los créditos, pero no generará demanda ni confianza. Podría provocar fuga de capitales, depreciación del peso y más inflación. Alimentar otro círculo vicioso sería suicida para la estabilidad macroeconómica.
Por si fuera poco, el golpe geopolítico —como el reciente bombardeo de EE.UU. en Medio Oriente— añade más incertidumbre, otro motivo más para aferrarse a la prudencia.
Heath y algunos analistas lo ven claro: el voto será dividido y, probablemente, el ritmo de reducciones se modere. Pausar los recortes no es señal de debilidad, sino muestra de responsabilidad. No se trata de moverse por impresionar, sino de proteger lo poco que aún funciona en medio de inflación, debilidad económica y tensiones globales.
La economía no despega, el entorno está enrarecido. Por todo lo anterior: ¿Bajar la tasa? No, gracias.
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