La llegada de miles de migrantes centroamericanos ha dividido a los habitantes de Baja California, especialmente a quienes viven en las ciudades fronterizas de Tijuana y Mexicali. Ambas ciudades, especialmente la primera, son el destino final en nuestro país de los hondureños, nicaragüenses y salvadoreños que buscan entrar desde ellas a Estados Unidos. Esta división la observo entre mi propia familia bajacaliforniana, en donde algunos primos y sobrinos se oponen vehementemente a lo que, imitando a Donald Trump, califican como una invasión, mientras que otros muestran compasión hacia aquellos que huyen de la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades en sus países.
Todos mis familiares son de clase media, misma clase a la que aparentemente pertenecen, a juzgar por los videos y fotografías difundidas ayer, la mayoría de quienes se manifestaron el domingo en Tijuana contra la presencia de los centroamericanos. Además de calificar como invasores a los migrantes, se refieren a ellos como muertos de hambre, malagradecidos, gorrones y delincuentes.
No dudo que la mayoría de quienes abandonaron sus países de origen padezcan de hambre, pero nunca me imaginé que calificar a alguien como un muerto de hambre fuera similar a acusarlo de ser un vago, malviviente o criminal.
¿Por qué están enojados tantos tijuanenses y mexicalenses contra los que llaman invasores? Porque, según ellos, son unos limosneros con garrote que no aceptan la comida que se les ofrece y exigen que les den pizzas, son unos ladrones porque asaltan tiendas, y son unos maleducados que no respetan a nadie.
Las quejas de esos bajacalifornianos se basan en los pocos casos de migrantes que no se han comportado correcta u honestamente, pero no puede ni debe calificarse a todo un grupo de personas por las conductas incorrectas o ilegales de un pequeño número de sus integrantes.
En Tijuana viven poco más de 1.6 millones de personas. ¿Qué representan 10,000 migrantes para esa ciudad? El 0.6% de la población total. Un porcentaje insignificante y mínimo si se compara con los cientos de miles de mexicanos que cada año llegan de todo el país a residir en esa ciudad en busca de nuevas y mejores oportunidades. Es decir, los centroamericanos realmente no representan peligro alguno para la ciudad conformada por migrantes que siempre han recibido con los brazos abiertos a quienes llegan a vivir ahí.
Tal vez lo que realmente les molesta a los bajacalifornianos que se oponen a la presencia de los centroamericanos son los problemas que éstos han ocasionado en los cruces fronterizos y que ha provocado que las autoridades estadounidenses hayan cerrado, parcial o totalmente, ante lo que Trump llama la ola invasora de hondureños. Me imagino que muchos de los que quieren que se vayan los migrantes van y vienen de Estados Unidos con frecuencia, algunos diariamente. Unos van a trabajar, otros a realizar compras, otros llevan a sus hijos a una escuela del lado norte de la frontera y estos pobres “muertos de hambre” les han venido a complicar la vida.
El nuestro es un país con una población dividida. Siempre ha sido así. La presencia de personas que huyen de una vida terrible nos está dividiendo aún más. Así no se puede avanzar.
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