Sobre el asesinato, el lunes pasado, de dos sacerdotes jesuitas y otro individuo dentro de una iglesia en Cerocahui, Chihuahua, en la Sierra Tarahumara, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo ayer, entre otras cosas:
“Esa zona de la sierra ha estado desde hace tiempo muy infiltrada, penetrada, dominada por la delincuencia (…) se han cometido crímenes como lo sucedido en Estación Creel, en 2008, que un comando irrumpió en una reunión y asesinaron a 13 personas (…) Este delincuente señalado como el responsable de los asesinatos, porque es incluso hasta identificado por uno de los sacerdotes, también está acusado con orden de aprehensión desde el 2018 (…) Esto de la sierra de Chihuahua, que duele tanto, pues esto no surgió ahora, esto viene de tiempo atrás, cuando existía un contubernio completo entre las autoridades y la delincuencia. ¿O el señor este acaba de empezar su carrera delictiva? No, y seguramente fue tolerado. Y esto lo saben bien los jesuitas y lo saben muy bien los que viven en Urique, y los que viven en Chinipas y en Creel, saben perfectamente en Batopilas, en Morelos, saben muy bien cómo se fue creando toda esta organización y el contubernio con autoridades. Entonces, es un proceso. Se va avanzando mucho, pero falta”.
Como es su costumbre, AMLO culpó a los que lo antecedieron en el cargo por los problemas que su gobierno ha sido incapaz de resolver hasta ahora, como es la violencia que existe en la Sierra Tarahumara, en Chihuahua y en tantos otros lugares del país.
Al presidente le ha funcionado bien, hasta ahora, echarle la culpa a los expresidentes por el montón de problemas que heredó de ellos. Sin embargo, después de 3 años, 6 meses y 23 días en el cargo, ya es evidente que su estrategia contra la delincuencia ha tenido muy poco éxito.
El presunto asesino de los tres individuos en Cerocahui es un narcotraficante que pertenece al Cártel de Sinaloa que, como lo dijo Andrés Manuel, “está acusado con orden de aprehensión desde el 2018” y que la FGR, que encabeza un hombre en quien confía absolutamente, ha sido incapaz de capturar.
Dentro de solo 2 años 3 meses y 8 días concluirá su mandato el presidente. El tiempo se le está acabando para demostrar que sus promesas como candidato y presidente no fueron solo mentiras.
Por ejemplo, el 2 de enero de 2018, como candidato a la presidencia de la coalición Juntos Haremos Historia (Morena-PT-PES), se comprometió a pacificar el país en tres años. Así lo dijo: “Yo voy a conseguir la paz, ese es mi compromiso, voy a conseguir la paz y voy a terminar con la guerra, no vamos a continuar con la misma estrategia que no ha dado resultados (…) A mitad del sexenio ya no habrá guerra”.
Seis años antes, en febrero de 2012, como candidato presidencial de la coalición Movimiento Progresista (PRD-PT-MC), aseguró que de ganar la elección en solo seis meses regresaría al Ejército a sus cuarteles: “No debe seguir exponiéndose al Ejército, ni socavarlo; regresarlo en la medida que se va profesionalizando la policía y eso nos llevará seis meses, en tanto la nueva policía federal sea la que se haga cargo de garantizar la seguridad”.
Lo quiera o no, Andrés Manuel será recordado por la historia por sus aciertos, pero también por sus fallas y promesas incumplidas.
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