De nueva cuenta, X mostró lo peor de la sociedad mexicana. Bastó un mensaje mío —ni agresivo ni partidista— para despertar una ola de insultos. El tuit decía:
“El asesinato de Carlos Manzo revela tres tragedias: un país insensible a la violencia, unas redes que linchan sin saber y una clase política incapaz de sentir. En México, la sinceridad es resistencia y la empatía un lujo que casi nadie puede pagar.”
No juzgaba ni atacaba a nadie; solo describía una realidad. Pero en X, donde la furia es el idioma dominante, cualquier mensaje que no grite es ignorado o atacado. Mi mensaje fue visto por apenas seis mil personas, una cifra mínima frente a los millones que alcanzaron los mensajes incendiarios. No promovía odio ni culpables: por eso el algoritmo lo sepultó.
El asesinato de Manzo fue también el asesinato del sentido común en las redes. En minutos, la tragedia se transformó en narrativa y la narrativa en arma política. La indignación legítima se mezcló con mentiras y teorías conspirativas: que Claudia Sheinbaum “ordenó ignorar amenazas”, que “guardó silencio cómplice” o que “Morena celebraba” el crimen.
La falsedad más difundida fue que Manzo “no contaba con protección federal ni estatal” cuando en realidad tenía resguardo de la Guardia Nacional y escoltas locales. Pero en X los desmentidos no sobreviven: se pierden en segundos bajo la avalancha de odio y ruido que dicta el algoritmo.
A solicitud mía, Grok, el sistema de IA de X, examinó entre el 1 y el 3 de noviembre más de cien publicaciones virales sobre el asesinato. Solo se consideraron mensajes con más de 100 interacciones, agrupados por hashtags y palabras clave. El resultado fue contundente: cerca del 80% expresaban odio explícito hacia la presidenta y su gobierno. Las etiquetas #SheinbaumAsesina, #FueraSheinbaum y #RenunciaClaudia concentraron cientos de miles de menciones.
Basado en el análisis, los mensajes de odio —entre el 75 y 80% del total— alcanzaron un alcance estimado de entre 15 y 25 millones de personas en apenas 48 horas.
Grok detectó insultos, amenazas y acusaciones sin pruebas. Los opositores dominaron la conversación; los simpatizantes apenas pedían “no politizar”. No hubo matices, solo bandos.
Mientras los tuits que pedían justicia sumaban unos cuantos miles de vistas, los que exigían venganza alcanzaban millones. En promedio, uno agresivo contra Sheinbaum obtenía 10 veces más interacciones que uno informativo. La plataforma recompensa la furia.
Mi mensaje, en cambio, no servía para pelear. No ofrecía enemigos ni espectáculo. Fue invisible porque apelaba a la empatía, un valor en extinción en las redes y, cada vez más, en la vida pública. En México, la sinceridad no se premia: se castiga.
El caso Manzo revela que el linchamiento digital se ha vuelto una forma de pertenencia. En un país donde se matan alcaldes, periodistas y mujeres a diario, la empatía se percibe como debilidad. Esa pérdida del sentido humano, más que el crimen mismo, muestra la fractura moral de un país que ya no distingue entre indignación y odio.
X se ha convertido en el termómetro moral de una nación rabiosa. Mide la temperatura del odio y amplifica el resentimiento. En medio de esa furia, la verdad se vuelve un susurro. Decirla sin gritar ya es, por ahora, un acto de valentía.
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