Una economía inmerecida

Existiendo voces calificadas para opinar en el terreno económico en el país, tenemos un escenario que no corresponde al potencial y trayectoria de décadas de crecimiento. Las voces naturalmente no han sido escuchadas y los resultados muestran...

24 de agosto, 2020

Existiendo voces calificadas para opinar en el terreno económico en el país, tenemos un escenario que no corresponde al potencial y trayectoria de décadas de crecimiento. Las voces naturalmente no han sido escuchadas y los resultados muestran una economía en franco deterioro. La pérdida se multiplica y arrastra regiones en donde el pacto fiscal de la federación recorta la vía institucional y la cobertura que alguna vez protegió gasto corriente e inversión pública.

La ausencia de proyecto y la improvisación han provocado un grave retroceso en el quehacer público y la toma de decisiones ha centralizado en forma peligrosa la trascendencia y repercusión de un presupuesto de porciones y asignaciones que sofocan la erupción del brote espontáneo del reclamo social. El desvío de partidas presupuestales se ha convertido en un juego perverso de atadura de recursos para seguir una pauta matutina sin agenda. Se ha convertido también en desplante que tienta el ánimo nacional con pronunciamientos fuera de contexto en una narrativa que pulsa reacción y mide aceptación.

Jugar con un termómetro social no es fórmula de convivencia como tampoco lo es el poner a una sociedad insatisfecha en prácticamente todos los órdenes al borde de la disrupción de la paz social. Contraponer la dádiva en esa dispersión sin padrón y sin control a la disciplina que dicta el trabajo encadenado a la oferta de permanencia y desarrollo en la formalidad del empleo y la seguridad, contraviene el espíritu del servicio público y los preceptos fundamentales de gobierno.

Este gobierno se ha convertido en un violatorio de la individualidad y la libertad. Pensar colectivamente es un pensamiento social arcaico y retrógrada. Un gobierno tiene la obligación de recabar demanda ciudadana, pero no por ello la interpretación se vuelve colectiva. Las colectividades reúnen necesidades comunes y los satisfactores de gobierno se traducen en servicios. La interpretación de demanda nunca superará la función individual para decidir destino y actividad de sustento.

Las naciones que han intentado interpretar colectividades, sin excepción han fracasado; la mediación de un gobierno y gobernados no se traduce en adopción de pensamiento, sino en proporción de facilidades y de medios para dejar al final de la cadena la decisión individual en la formación, en la especialización y en la cultura. La libertad es premisa esencial de convivencia y en esa premisa se forja la acción de emprender. La creatividad, la investigación y el desarrollo de las ideas se dan en la libertad.

Un gobierno populista con metas ancladas en el pasado, como el del presidente López, sustenta articulaciones de un electorado cautivo en la dádiva y en el retroceso del pensamiento individual. La anulación de desarrollo la asume de facto para sumir en la precariedad el dictado de subsistencia desde el poder y el control de un consumo de bienes siempre limitados y racionados. La dotación racionada vendría en educación, vivienda y en salud pública, entre otras retenciones.

El juego de los recursos alguna vez aparece como confrontación de la dispersión de riqueza de la nación, en todo esquema socialista. No puede dispersarse lo que no se crea. La renovación de la riqueza no se da por disposición ni decreto. Las fuentes de todo gobierno, las de ingreso, obedecen a la renta de los agentes económicos que transitan en la libertad de acción de las cadenas productivas y en estricta competencia. Los ingresos monopólicos del Estado han desaparecido por completo. La extinción de estos sistemas que acapararon ingresos por protección y otras metas de consolidación, hoy simplemente no existen.

El intento por regresar a esas fórmulas, planteadas por esta transición, en el vano intento de nacionalizar proyectos no correspondidos en los haberes de la congruencia y la estabilidad de las finanzas públicas, ha frenado la dinámica de la inversión y la admisión de capital sin riesgo para la nación. El costo de oportunidad se ha diluido en la intransigencia y la impericia de esta administración.

Es muy difícil calificar como intencionado el descalabro económico que padece la nación; si lo fuera, no tendría cabida en las dimensiones de un mandato conferido en un marco democrático. Tampoco tendría cabida dentro del marco constitucional, pero las señales han sido desde el inicio de esta gestión, las equivocadas, no solamente en la escena económica, lo han sido en temas agravantes y descuidados en salud pública.

Como fuere, los sistemas totalitarios no pueden subsistir en un medio como el mexicano, no pudieran trascender cuando la contribución al producto reside en la inversión privada. Tampoco pudiera subsistir la voluntad de un solo hombre cuando los destinos de toda una nación creadora y emprendedora reúnen metas cifradas al mundo al que pertenece desde hace varias décadas. La negación tendrá que ser transitoria desde esta transición, la circunscripción de los tiempos la brinda el capital y su renovación.

Las naciones progresistas anticipan futuro y en ese espectro incierto crean reservas. México las reunió para enfrentar diversas circunstancias inesperadas y contingencias. Este gobierno las desmanteló en propósitos infundados y en despilfarro inconexo con la actividad primordial de velar por los intereses nacionales. El burdo intento de activar el consumo mediante dádiva ha derrochado buena parte de la riqueza construida en varias generaciones. En meses esta transición ha destruido y desperdiciado recursos que serán recuperados por el próximo gobierno y otras dos generaciones más.

La gestión fallida de este gobierno no precisa de las infames repercusiones en la condición de vida y aspiraciones de una sociedad lastimada en su esencia y en su convivencia; simplemente la calificación del exterior lo dice todo: calificación de inversión, degrado en la escala mundial de inversión, destrucción de confianza y desaprobación de una administración sin rumbo y sin construcción de futuro.

La lucha ya se encuentra en la arena de la recuperación de todos los espacios posibles, desde la recomposición de los equilibrios de las decisiones gubernamentales hasta la total confrontación de dos sociedades, una cautiva en tanto dure la riqueza finita y otra, la creadora y emprendedora, probada en generaciones a través de la razón y el entendimiento. La segunda lleva el intelecto y la fuerza. Finalmente, vivimos una economía que no merecemos.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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