Un sexenio sin crecimiento económico

Cuando se vaya esta administración, regresará el crecimiento de la economía. Las circunstancias de un verdadero rescate de las empresas pequeñas y medianas no se darán. Es preciso marcar la diferencia entre capital y estímulos; el capítulo...

17 de agosto, 2020

Cuando se vaya esta administración, regresará el crecimiento de la economía. Las circunstancias de un verdadero rescate de las empresas pequeñas y medianas no se darán. Es preciso marcar la diferencia entre capital y estímulos; el capítulo del capital tendría un puente de alivio en el sostenimiento de la mano de obra en la cadena productiva de la nación; pudo haberse logrado con la simple supresión de los programas clientelares del presidente y la transferencia de esos recursos desperdiciados en la dádiva, a la operación y capital de trabajo de las empresas.

Este simple acto de congruencia hubiera permitido equilibrar la producción de insumos o abasto de materias primas aún a menor escala de la normal y mantener vivos los respectivos acomodos de producto terminado. Desde luego, se hubieran perdido empleos, pero el proceso de recuperación de los mismos sería más ágil por la simple existencia de empresas ahora cerradas, unas temporalmente; las más por siempre.

La ausencia de criterio económico de esta transición, aunado a la imposición de proyectos fallidos de origen, seguidos de un modelo de supuesto ahorro, que interrumpió programas de amplia cobertura nacional en franco declive de eficiencia gubernamental, ha acelerado el desastre económico de la nación. Este gobierno en turno gasta mucho y gasta mal. La deuda pública ya supera los dos billones de pesos y los aumentos que han superado en un 19% en solo veinte meses de gobierno a todo el sexenio anterior, han dejado a la administración actual sin movilidad financiera.

La movilidad financiera se estima ágil cuando la correspondencia del gasto puede soportar un déficit moderado del producto, siempre y cuando sucedan dos cosas: que la infraestructura corra en paralelo a la inversión privada y que el gasto corriente sea correspondiente de la demanda de servicios del sector público. El modelo mexicano actual no opera de esa manera, la oferta impuesta de proyectos muy costosos e innecesarios de este gobierno, han desbocado un gasto sin precedente en actividades de fondo perdido.

Toda movilidad financiera se interrumpe cuando la capitalización de una petrolera carece de proyecto de plazo. Hablamos de la empresa alguna vez insignia de la nación, también hablamos de una empresa que ha perdido su patrimonio más de una vez. Esto significaría franca insolvencia y sería motivo de liquidación de activos y retiro de su actividad. En 2018 no era el caso, PEMEX era una empresa con utilidades, con participaciones activas en exploración y en producción de crudo, su verdadero negocio. Una vez retirada su función principal, esta transición la ha regresado al pasado de las refinerías y la autosuficiencia. Las pérdidas de todo, de planes de negocios, de exportación asegurada, de exploración, de retiro de la refinación, de planeación de energías renovables y finalmente de la actividad global, han condenado al fracaso metas de nación y capital irrecuperable.

Todo ente económico requiere de capital; puede tomar la forma de trabajo para apoyar sus circulantes y plazos cortos o puede incurrir en capital permanente o de largo plazo. La primera consideración se concentra en las actividades inmediatas como pueden ser compras de inventarios. Las segundas son de planta y equipo para ampliación de capacidad instalada fundamentalmente. En el caso de la petrolera mexicana, se ha utilizado presupuesto del gasto público para sostener compromisos de plazo sin atender programas concretos de crecimiento. Esto significa que una deuda vencida de plazo se cubre con recursos frescos del Estado mexicano. 

Lo anterior contraviene todo principio financiero por la simple razón de que los recursos que consume la petrolera no los origina en su producción de efectivo porque no los crea de su operación. Sus pérdidas son de una escala que no correspondería a ningún ente económico en todo el orbe. No existe una empresa en todo el mundo que siga operando con pérdidas de esa dimensión. Tampoco existe una empresa en todo el orbe que no tenga ningún futuro como PEMEX que sencillamente no lo tiene. 

Estas aseveraciones, porque no son especulaciones ni interpretaciones de nuestra economía, sino simplemente hechos, demuestran la imposibilidad de crecer. La economía pende de decisiones erróneas de origen, del inicio de esta transición. La improvisación ha caracterizado los planteamientos de este gobierno; las actividades torales de la economía se han confiado a manos inexpertas y a personas sin preparación. La ausencia de especialistas y la falta de recepción de asesoría especializada ya arrojan cifras negativas en toda su trayectoria. La descomposición en tan solo veinte meses es devastadora.

Los gobiernos no pueden trabajar a base de paliativos, no pueden cubrir expectativas de recuperación de una economía recesiva sin pandemia y sin crecimiento desde entonces, con programas que parecen alternos y sin fundamentos de necesidad real de capitalización. La capitalización de las empresas reúne estudios profundos de abasto, de mano de obra, de costos de fabricación y de distribución y canales de comercialización. Este gobierno pretende cubrir su descuido de meses con programas de asignaciones, como si fueran fideicomisos o agencias gubernamentales. 

Los programas de cierta dotación de recursos al esquema crediticio no son de capitalización; constituirían capital de trabajo si se hubiera respetado la premisa planteada inicialmente en este texto para apuntalar subsistencia de las empresas en el origen de la pandemia. No se hizo, de tal forma que el ejercicio crediticio a estas alturas de la recesión que padecemos, se antoja irrecuperable. 

Quedaría pendiente el capítulo de estímulos y ese no se contempla por las miras de corto plazo que mantiene esta administración. Esta transición se ha adherido a una disciplina fiscal que pudiera calificarse de loable si las metas de captación fiscal resolvieran la infraestructura abandonada por completo y los programas del gasto corriente atendieran las áreas desprotegidas en veinte meses, todas referidas al contrato social.

La inercia de las multinacionales, la recuperación gradual de la empresa mexicana y la importante contribución del BID naturalmente contribuirán a la recuperación del producto pero el daño ocasionado por las encuestas, cancelaciones de gran envergadura y la negligencia en la adopción de un proyecto económico de alcance, seguirán siendo impedimento en materia de crecimiento de nuestra economía. Un sexenio sacrificado a la indolencia.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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