Tras el dispendio…

En los tres años de la actual administración no ha existido un modelo definido en materia económica que sustente el dispendio de recursos. No hay control ni planeación. 

22 de marzo, 2022

No es aviso menor el despilfarro de esta transición en turno de gobierno; las cifras dentro de la gran economía pueden confundir por los montos que superan la imaginación del hombre común, de una sociedad que observa la suma de millones, de cientos y miles de millones como un juego de tablero en donde la perspectiva de la acumulación pierde terreno ante la facilidad con la que estos números pierden proporción. Pero en donde no puede perderse proporción es en la realidad, en los resultados de gestión. La microeconomía es el terreno en donde se radica la verdadera percepción de un gobierno y cuando las prerrogativas de gasto gubernamental privilegian obras por encima de la salud pública, las cosas marcan una diferencia que no puede pasarse por alto.

El despilfarro no puede atender todo, no puede atender programas, no puede atender obligaciones, no puede atender el contrato social y no puede atender la creación de un recurso para el reparto y la dispersión. La improvisación ha resultado en el costo más elevado de esta transición; desde el inicio de gestión, se concebían tres obras monumentales y en este apartado es preciso señalar que el término incluye una conceptualización jamás vista en obra pública, queriendo decir con esto, que la concentración de recursos ha hecho de este singular acto de despojo de la hacienda pública, un episodio inusitado en nuestra historia. Si hubiera existido un proyecto de nación, se tendrían consideraciones en la capitalización de las obras mencionadas y naturalmente sabríamos de la intervención o mediación de agentes productivos e instituciones de desarrollo.

Esta transición ha hecho a un lado el menester debido a la sociedad en su conjunto para informar sobre el uso del recurso de todos, es por ello que se denomina hacienda o haber público. El trabajo en la opacidad y en la reserva no abona al crédito público, como tampoco abona a la confianza. El camino recorrido hasta ahora, que reúne tres años, demuestra que detrás del dispendio sin control y sin programa, no existe modelo definido en materia económica. El vacío de las arcas en sus reservas, en fideicomisos y fondos no ha conducido a la formación de capital; tal vez el caso opuesto lleva visos de desafío a la regla económica. Yo personalmente pienso que es intencional. También pienso que el desequilibrio que sustenta la dádiva y todo el esquema de reparto de riqueza, alguna vez concebida ante la contingencia, es intención de captura emocional y económica.

Por momentos de la transición en su etapa temprana pudo pensarse en obra significativa si hubiera regido principios de respaldo a la actividad económica en general, pero el tiempo ha demostrado que la obsesión por una práctica desechada en un pasado aleccionador que arrinconaba la autosuficiencia, sería rescatada como eje de toda actividad gubernamental en medio de una globalidad imperante y vívida. El descontrol de los conceptos vertidos por un solo hombre han confundido preceptos históricos con una nomenclatura que no corresponde a nuestro tiempo: valores nacionalistas por imposiciones, divisiones lacerantes del orden social, denominaciones proscritas en la desigualdad que revierte la aspiración por sumisión, el consumo inducido como fórmula de un bienestar condicionado, el aliento colectivo para destruir la individualidad y más allá del ataque cotidiano a las formas, la confusión de soberanía y defensa en la cerrazón del diálogo.

No ha resultado sencillo despertar a este nuevo amanecer para una sociedad inmersa en la reunión de metas educativas, de superación y aspiración natural a la oferta de satisfactores, a esa costumbre sana de relacionar el consumo con el ingreso, el derivado del trabajo y el esfuerzo. No ha resultado sencillo contemplar la inmovilidad y el pasmo de una actividad pujante de años anteriores y no pocos. Pienso que en ocasiones no se dimensiona el daño tan profundo de una política centralista y precursora de malos augurios de convivencia; pienso que no se dimensiona la pérdida material que retrasa a la nación y pienso que la dimensión está cobrando una factura anticipada ante el pasmo y la indolencia. 

No podemos hablar de sorpresa ante la evidencia mostrada en la intolerancia del discurso de un solo hombre, prácticamente en toda su vida. Señalar los yerros puede ser la salida más simple pero esa salida sería una medida similar a la que nos gobierna. Los tiempos reclaman contundencia y firmeza en el reclamo. Dañar a la economía número quince del mundo ha tomado tres años a esta transición devastadora. Si ha existido permisividad, pues el daño hasta ahora es irreparable si tomamos en cuenta que esta pesadilla no se irá en los dos años que le quedan. 

Si pensamos que el dispendio tiene límites, pues a mi me gustaría conocerlos, porque la deuda en un manejo por demás irresponsable ya supera dos billones de pesos en tan solo tres años. La deuda requiere servicio y el servicio es un costo no anticipado por esta transición, como tampoco ha sido su responsabilidad provocar un estanco en la producción y retrasar la inversión o anularla. Si la perversidad del gobernante en turno cobra por todo el resentimiento de una vida, entonces todavía debemos esperar la peor de las etapas porque el recurso se agota y la paciencia de unos y otros también. Por unos hago referencia al poder político y por otros al poder económico. 

El horizonte lo complica el exterior desde luego, pero las armas que tienen los de fuera tienen mayor cohesión y entendimiento que lo que podemos tener en nuestro entorno. Nosotros no tenemos cohesión porque las miras de unos y otros difieren en esencia y en tiempo. A estas alturas de la transición y ante el criterio de eterna confrontación del presidente, el avenimiento no se dará y la guerra de las frustraciones ante el evidente fracaso de su gestión, tendrá un rumbo incierto como su reacción ha sido la constante: buscar culpables. 

Se inició el dispendio en 2018, no se ha interrumpido, no ha solucionado absolutamente nada. Si suena a contradicción que un dispendio se desgasta, pues no lo es. Tras el dispendio, no se creó nada. Esa es nuestra realidad. 

 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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