Quiebra económica o quiebre político

Nuestra economía ya es recesiva; es inocultable el nulo crecimiento como es inocultable el vano impulso a la función productiva desde el gobierno.

15 de julio, 2025 La nueva ciencia de las ciudades

En los años de López Portillo se usaba como modo de expresión sexenal y sello propio de su administración, un término, coyuntura; todo de alguna manera se tornaba en coyuntural, tal vez para significar un nuevo pensamiento o para distanciar la acción de su gobierno de otras manifestaciones pasadas. Como sea, no deja de ser representativa una forma de contemplar la conducción de los intereses de un país. En los tiempo de Miguel de la Madrid, surgió también una expresión singular, andamiaje; nuevamente expone una forma de representar una necesidad imperante ante el momento de reconstrucción de políticas públicas o despegar de acción pasada y fallida, la ruta de reestructura y orden del quehacer público.

       Estas expresiones, de una u otra manera, reflejan un sentir directamente ligado a la economía. Si por coyuntura entendemos una toma de decisiones, finalmente estamos ante una situación de destino de recursos y costo de oportunidad. Si por andamiaje concedemos un afán de reestructura, volvemos a lo mismo, son recursos que se reorientan en su distribución correcta y en la reducción de su desperdicio. Regresaremos a estos conceptos para adecuarlos a la situación actual del país en tanto apuntamos a ciertas circunstancias de nuestra economía como la estamos viviendo.

       Nuestra economía ya es recesiva; es inocultable el nulo crecimiento como es inocultable el vano impulso a la función productiva desde el gobierno. Los pronunciamientos de los gobiernos anteriores, como los dos mencionados, eran consecuencia de fechas memorables o simplemente circunscritos a las impuestas por mandato constitucional; la formalidad no era ritual, era adecuada a las circunstancias que resaltaban en la conducción de gobierno. Las administraciones cifraban sus objetivos en mesas de trabajo, en delegaciones de autoridad, en gabinetes especializados, en formaciones de carrera en la mayoría de las veces. Llegó el discurso popular a instalar una comunicación centralizada y a incorporar toda expresión de gobierno desde un podio incontestable para reunir decisión unilateral y borrar de facto la participación activa y libre de labores alguna vez encomendadas a especialistas en la materia. Entonces vino la expresión vigilada en el mismo podio, con el gobernante a un lado, pendiente de cada palabra previamente encargada y dirigida a esa supuesta labor de gabinete. Al diluirse la labor de equipo, imperó una sola voluntad y en ello estamos, en una verdadera calígine verbal de origen y desastrosa en su implementación.

       La economía está afrontando la imposición de caprichos y la obtusa visión de las autosuficiencias y la improvisación sistemática de conceptos anacrónicos en la soberanía y en las miras internas de no dependencia del exterior. Una mira de economía cerrada para que se entienda claramente. En el espacio anterior mencioné que la ruta itinerante del discurso sigue su marcha y en esa misma itinerancia abstrusa se refleja el inevitable retroceso. El despojo de López Obrador ya tiene consecuencias después de siete años de despilfarro en la obstinada implantación de una equidad que cae en el terreno de lo etéreo y lo utópico del esquema social que devasta toda forma de renovación del capital. El reparto ahora enfrenta serios problemas de quiebra económica inducida.

       Tomemos como ejemplo significativo la petrolera: Pemex se encuentra en quiebra; sus activos totales no podrían responder a sus acreedores si reclamaran de golpe lo que se les adeuda. El patrimonio de Pemex es superado 2.1 veces por su deuda. Por partes: el presupuesto de Pemex para 2025 es inferior a la deuda que tiene con proveedores, deuda ya vencida. Esto significa que Pemex es insolvente en el corto plazo, o sea, ya, hoy. También significa que la sola deuda con proveedores desequilibra toda una región del país, el sureste, disloca toda una cadena productiva y el empleo. Esa quiebra no tiene remedio si las cosas desde el punto de vista del gobierno no se corrigen. Pemex no tiene solución gubernamental. La tendría con capital privado y con miras muy distintas en la producción de crudo, en la refinación y en la necesaria, muy necesaria importación de gasolinas. El gobierno no tiene los recursos para cubrir esta deuda inmediata con proveedores; ya no hay compra de tiempo como lo hizo la administración anterior en tanto saqueaba las reservas. Ya no hay reservas, ya no hay tiempo.

       Eso descrito es Pemex nada más, pero las pérdidas diarias son reales, en la aerolínea, en el tren maya, en la refinería de Dos Bocas, en el banco, en el gas, en el AIFA, en el litio y en otras ocurrencias que todas suman en pérdida diaria. Que quede claro: estos recursos se van a fondo perdido en expresión coloquial, no vuelven, son irrecuperables, son dispendiados y perdidos. Nunca fueron inversiones, para que le quede claro a la señora presidente Sheinbaum, que pretendió nombrarlas como tales. Si estas acciones no encaminan a una quiebra, entonces la economía falla en todos sus preceptos y enunciados de siglos. Los eufemismos del discurso cotidiano tratan de desvirtuar esta realidad y anotado quedó en el espacio anterior: la simulación de adhesión del empresariado a esta catástrofe en puerta. Francamente no se entiende esta simulación para la que no existe una mano invisible redentora de otras épocas y para la que el compás de espera en el que está montada nuestra economía se agrava por día.

       Queda el quiebre político, la distancia esperada de un régimen que inicia de un régimen anquilosado en la intemperancia y en la revancha, de un régimen anclado en su fracaso, en su cauda de corrupción y en su inoperancia. La sombra de un caudillo quedó sepultada en su obstinación y en una herencia perversa de actores impresentables ya señalados por la ciudadanía harta de incongruencia de acción de gobierno y por el exterior por igual.

       La lista se amplía en un horizonte redentor y en un plano de limpia como me he permitido llamarle desde el espacio anterior. Se expresa y se reitera: estamos en etapa recesiva, sin crecimiento, sin recursos y con una esperanza cifrada en el exterior. Esa no es solución. La recomposición es coyuntural, porque ofrece caminos y también se requiere el andamiaje de de la Madrid: que no queden pronunciamientos válidos en la oquedad de nuestra historia, que siempre ha realzado su insignia de lucha. Veremos si hay respuesta a esta coyuntura y se apuntala un verdadero andamiaje.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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