Ni dádivas ni salario mínimo

Como cada semana, Manuel Torres Rivera nos comparte su análisis del impacto de las políticas populistas en la economía mexicana.

15 de febrero, 2023 Salario minimo

La protección a los pobres no llega, no ha llegado en cuatro años de gobierno, una transición que inició con esa consigna. No llega por diseño de política económica, por una concepción errónea de instalar un ingreso por simple dispersión del recurso, inicialmente argumentando que sería una herramienta del consumo; más adelante, el argumento insistía en penetración de hogares para de ese modo justificar dispersión equitativa de la renta nacional. Desde luego jamás operará así y las circunstancias de la captación de la renta no puede ni debe revertir ese ingreso derivado de la actividad productiva a una actividad prácticamente estática. Los pasos de la generación de esa renta nacional no son otros que los que supera todo agente productivo, desde el proceso de materia prima, costos de producción, gastos administrativos y finalmente una utilidad gravable para nutrir el ingreso de la hacienda pública.

La utopía del reparto equitativo de la riqueza de una nación, fue señalada en el espacio anterior y detallada en su historia centenaria como aspiración de igualdad, ignorando los procesos de creación de la misma riqueza que el socialismo confunde con acumulación. El concepto acumulativo interrumpe el dinamismo de la economía como también confunde la utilidad como margen por encima de los costos, precepto inviolable para la recomposición del capital. El socialismo condena la retribución del riesgo, la retribución de la excelencia competitiva y la creatividad. El socialismo opera en una línea de acción sin alteraciones y sin aspiraciones. Su concepto de igualdad es rebajar las expectativas al mínimo de subsistencia.

 

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Tal vez lo anterior explique la actuación de esta transición en turno y tal vez la multiplicación de pobres sea meta institucional. Si esto es cierto o circunstancial, existen razones que podrían ser corregidas: Por principio, no se atiende al número certificado de pobres, que suma 56 millones. Los programas asistenciales, así llamados, no atienden a ese número, atienden a menos de la mitad. El gobierno lo sabe pero calcula que si esa base es consistente con la captura económica y emocional, entonces apuesta a dotaciones mayores a esa misma base. El resto, por tanto, no importa. Con ese criterio, se impulsa la dádiva afrontando las consecuencias de desprotección a un tejido muy superior al atendido por esta transición que gobierna. 

El programa de Jóvenes Construyendo el Futuro ha sido un fracaso para la economía pero no para este gobierno. Volvemos al mismo criterio: impulsa una base fija por así llamarla y lo que menos importa es la inserción de jóvenes en la fuerza de trabajo. Podemos continuar con este mismo modo de operación y lo llevamos al campo. Se calcula medio millón de campesinos recibiendo una cantidad mensual que naturalmente no impulsa programas de producción, pero impulsa la retención ya mencionada. 

Ahora veamos consecuencias: si la cobertura no es lo suficientemente amplia, el receptor de la dádiva está atrapado en una subsistencia precaria. Naturalmente su participación en la gran economía es prácticamente nula, carece de sustento en los mercados y en las funciones básicas de demanda. La contraparte, la que no recibe ningún estímulo, la gran mayoría, encuentra precariedad en todos los ámbitos. Ese fenómeno crea mayor pobreza; la dispersión encuentra acomodo en una sola base y la sostiene con elementos de control. El discurso naturalmente proyecta una cobertura mayor, imposible de comprobar ante la opacidad de los programas. Sigamos con poder adquisitivo en una economía inflada: podemos iniciar nuestra exposición con lo más simple, perecederos, pero con la condición ya apuntada de captura del campesinado y total ausencia de programas de apoyo al campo. Consideremos otro factor para los grandes productores, que los hay, el fertilizante. El fertilizante ha aumentado sus precios en dos tantos más. La inflación se explica por sí sola ante estos agravantes.

Entonces, tenemos un problema de producción, también lo tenemos en la energía, en todas sus formas, desde gasolinas hasta electricidad. Restamos la energía de la inflación incontrolable y encontramos una subyacente mayor a la tasa de inflación que padecemos. Si la tasa de inflación está un tanto debajo del 8%, la subyacente se encuentra en 8.49%. Esto representa un peligro para la economía. Con todo y regulación de un impuesto especial para las gasolinas, el equilibrio se antoja imposible. Ahora bien, no olvidemos una tasa del 11% que fijó el Banco de México para combatir esta escalada de precios. Reúne dos vertientes: captación de ahorros de tesorerías y un encarecimiento de créditos. Esto último reduce las posibilidades de inversión; el inversionista aplaza planes de expansión o de reposición de planta y equipo al contemplar un rédito significativo del 11% sin riesgo. 

Lo anterior puede eventualmente presentar un panorama recesivo para la economía. Ante la falta de atención, patente en esta transición de gobierno, a la inversión, conjuntando los factores mencionados y en las peores circunstancias de los ciclos productivos de la nación, se decretó un alza al salario mínimo. La expectativa era de mejora en el poder adquisitivo pero no solamente ha contribuido al proceso inflacionario, en el momento de su aparición, la canasta básica ya sobrepasaba el poder supuestamente ganado. La política económica de este gobierno ha sido un verdadero fracaso desde su inicio. Desde el desmantelamiento institucional, pasando por encuestas absurdas, cancelaciones infames y total ausencia programática del gasto corriente, desviado a obra inútil, sin crecimiento de la economía, se ha vivido de paliativos y una deuda colosal. 

Los sueños de autosuficiencia y la famosa pirámide que invirtió el presidente para diluir los beneficios de la inversión, con el sostén de la base como estímulo del consumo, confirma la negligencia e indolencia que ha mostrado en cuatro años de gobierno. Las circunstancias de adhesión forzada a un Tratado con las potencias del norte nunca han doblegado la verdadera convicción del proyecto de un hombre que imagina situaciones inexistentes, dibujadas en un esquema que feneció en la historia, con sustitución de importaciones y otras concepciones absurdas que resguardan en una soberanía etérea, valores de rescate que en su imaginaria, convierten convicciones en liderazgos ya superados en los anales de la historia. Esa misma imaginaria revive adalides y textos imborrables en la memoria, improcedentes ahora en el quehacer de un siglo que contempla un devenir más redituable para las naciones abiertas en sus aspiraciones. 

Las masas, que contemplan los estudios analíticos, no son más que el individuo atrapado en su postración. No hay dádiva ni salario que la ampare. El individuo requiere un gobierno con estructuras y planeación de futuro. Eso, hoy, no lo tenemos.

 

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.
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