Más allá del precepto económico, el comercio internacional

Como cada lunes, Manuel Torres Rivera reflexiona sobre el impacto de las políticas populistas del actual régimen en la economía mexicana.

9 de mayo, 2022 Más allá del precepto económico, el comercio internacional

La Habana, 1948, el primer intento real de creación de un organismo internacional de comercio; efectivamente se creó y se llamó Organización Internacional de Comercio- OIC- y a pesar de considerarse fallido, no por su operación, sino por su llamado a un mundo en recomposición y reconstrucción después de la Gran Guerra. Era un año convulso en creaciones con órdenes diversos: el Fondo Monetario Internacional hacía su esfuerzo por canalizar monedas de diferente cambio a un orden regulado por patrones aceptados universalmente. A su vez, El Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento – Banco Mundial – hacía su parte en las grandes transferencias de infraestructura. Las cadenas productivas tenían un llamado al intercambio en tanto recomponían su abasto interno. El llamado en ese momento era improcedente. 

El intento de La Habana inició un proceso itinerante para las expectativas de comercio internacional, demostrando que la iniciativa era la correcta. Quedaban atrás las prerrogativas hegemónicas del control de combustibles, de carbón, acero, aluminio, vidrio y todas las que de alguna manera enlazaban procesos industriales. La gran enseñanza de la Gran Guerra, en donde imperaron dominios latentes en los perecederos, que desplazaban a las manufacturas ante la escasez y la hambruna que azotó al mundo con mayor avance industrial. La lección no descansaba en la paz, descansaba en la concepción de futuro para nunca repetir la arrogancia de la acumulación por la acumulación misma. 

El curso itinerante dejó La Habana para continuar una marcha de avenencia en Francia en Annecy, en el Reino Unido en Torquay, en Uruguay en Punta del Este, en Canadá en Montreal y finalmente en Bélgica en Bruselas. Habría que aclarar que el mundo no se quedaba sin reglas de comercio internacional, existían las adoptadas por el GATT por sus siglas en inglés, General Agreement On Tariffs and Trade. El GATT surgió en la década de los sesenta y el claro impulso del Presidente Kennedy, en 1962, en las negociaciones previas al Acuerdo, trascendieron como “El Kennedy Round”. 

La ruta itinerante de estos intentos iniciados en Cuba en 1948, culminaron en el Acuerdo de Marrakech en Marruecos en 1994, año en que inicia La Organización Mundial de Comercio. En realidad el Acuerdo fue signado en 1995. La “Carta “de La Habana como fue conocida, nunca fue reconocida por el congreso norteamericano, lo que resulta curioso por ser la nación impulsora del comercio libre de fronteras. Tal vez resulte interesante un repaso de las condiciones de esos años para entender el rechazo del gobierno norteamericano, iniciando por su intensa actividad multinacional hasta la interpretación de valores agregados que en la mano de obra foránea incitaba al “dumping” como práctica ilegal de acuerdo al GATT. La transferencia de bienes, especialmente perecederos por debajo del costo de producción era sancionada como práctica desleal de comercio.

Debemos entender que en esos años el juicio de agregados de valor podría ser meramente interpretativo porque la recolección o cosecha de un perecedero obedecía a temporalidad, como es el caso de la zafra en la caña de azúcar y otros cultivos. También, otro capítulo abría un espectro de especulación: la transferencia de tecnología a un país anfitrión. Cuantificarla significaba un reto, habría que certificar el crédito mercantil y patentes de origen, tareas nada sencillas. Como sea, el mundo vivía con regulaciones temporales y provisionales. El universo de productos abría un esquema casi imposible de adaptar al ritmo de producción y competencia de unos y otros. Las cincuenta naciones firmantes inicialmente, en Marruecos, aportaban más entusiasmo que oportunidades reales de estudio de renglón por renglón. 

De cualquier modo, el mundo transitaba en ese gran paso de dejar atrás tarifas, aranceles, imposiciones de traslado hasta conjugar las bases activas de participación libre de fronteras. La utopía de cruzar fronteras se convertía en realidad, pero era menester sentar las bases y signarlas en compromiso formal. No era preciso acudir a una función retrospectiva por cada nación participante. De 1948 a 1995 los países conocían sus fuerzas y sus debilidades; ponerlas en la mesa era cuestión de reconocimiento y no de prerrogativas de dominio, como sucedió en las colonias, con el caucho, el café, azúcar, oleaginosas y hasta el hierro, la plata y el oro. 

Se cancelaba el predominio por la supervivencia, se intercambiaban territorios por permanencia en mercados dominados por la especialización y no por la ocupación. Se afinaban las negociaciones en los componentes y no en la producción terminada. Se definía la calidad y la excelencia por encima de la cantidad. Se  entendían las elasticidades de la oferta y la demanda para sostener equilibrios: se hacía el inventario de las ventajas comparativas y se hacía el recuento de los costos para hacerlos marginales en la productividad. Todo esto se hacía para borrar preceptos de autosuficiencia, para borrar el esquema de monopolios y oligopolios en ese afán de trascender compitiendo.

Se extendía la diversificación del riesgo, no como aversión llana, se extendía para hacer perdurar los ciclos productivos, para hacer de estos, una función creativa y creciente. Se extendía la noción de entender al mundo en los mismos conceptos y aspiraciones. Se extendía la noción de acercar el mundo más lejano y tentarlo con propuestas de participación, acercando lo más preciado de cada nación y lo más preciado de su talento. Se extendía el orgullo de mostrar la transformación que podía concederse a la más elemental riqueza del suelo o de la creatividad artesanal, plástica o cultural. 

México ha transitado por esta ruta descrita; no es casualidad la coincidencia de la creación de la Organización Mundial del Comercio y la visión mexicana del Tratado de Libre Comercio. En 2018 esta ruta ha sido interrumpida por una concepción de gobierno que adopta un discurso que sepulta la fecundidad creativa, que instala en acción de retroceso la marcha de nación, que cifra en la intemperancia el horizonte que brillaba en el denuedo y en la unión. Inicié mi texto…La Habana, 1948; lo cierro…La Habana 2022, el presidente mexicano desprende a México de sus aspiraciones.

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Manuel Torres Rivera
Manuel Torres Rivera es egresado de la UNAM, de la Escuela de Contaduría Pública. También estudió Economía y recibió un grado de Master of Business Administration de la Universidad de Tulane. Ha dedicado gran parte de su vida profesional a la docencia y la consultoría. Es socio de Formación y Desarrollo Clave. Tiene pasión por el alpinismo y ha recorrido buena parte del mundo en esta actividad. También por los caballos. Ha colaborado en el programa de Eduardo Ruiz–Healy.

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